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sábado, 17 de diciembre de 2011

SI







Si el amor fuera un camino, estaría tatuado en mi cuerpo con tu saliva. Marcando territorios que nunca nadie había hecho antes. Porque de todos los exploradores que han cruzado mi estepa, ninguno quiso quedarse para saber más. Cada uno de los pliegues que has descubierto, son refugios de montaña, cálidos, resguardados del frío del invierno.Todo lo que siento me lo quedo pa mí, cada una de las caricias. Guardadas para sacarlas cuando tenga frío... aún en primavera.




Autora: Belén Inred







sábado, 10 de diciembre de 2011

ESCRIBIENDO










Qué intensas sensaciones se conjugan en este aquí y ahora para hacerme por entero feliz. Estoy escribiendo y parece que con magníficos resultados, mejores incluso de los esperados. De algún modo (pienso) no he perdido el tiempo, y todos estos años con sus vivencias y vicisitudes y tantas horas dedicadas a la lectura, a la audición de música variada y de altura, a la contemplación de filmes y cuadros y esculturas y puestas de sol y paisajes campestres y urbanos y humanos, han dejado una positiva huella en mí, han terminado por educar mi sensibilidad estética, me han servido de magnífico y eficaz entrenamiento para la difícil y ardua tarea de la escritura.

También (claro está) ha contribuido a este extraordinario y maravilloso logro actual los millares de cuartillas que he venido rellenando día tras día durante todos estos años en la más absoluta soledad sin resultado inmediato aparente, siempre torturado por la convicción de que nada de esto servía para nada ni en modo alguno era valioso ni habría de importarle a nadie; nunca.

¡Ah, queridos amigos!, esta página que ahora aquí redacto sería la prueba irrefutable y perfecta de cuanto digo si lo que voy plasmando en ella de izquierda a derecha en negros caracteres (descripciones, narraciones, diálogos, reflexiones, ideas, emociones, sensaciones, percepciones, vivencias…) no se volatilizara del mismo modo de derecha a izquierda vertiginosamente, recuperando la página toda su alba pureza, tal como ha sucedido con los cientos y cientos (es sin duda ya un vastísimo, inabarcable conjunto…) que he cubierto febrilmente con mi apretada caligrafía a lo largo del día y que ahora se amontonan en mi escritorio (encima y alrededor) en el más completo desorden.






Autor: Carlos Enrique Cabrera






sábado, 3 de diciembre de 2011

LA NUNCA CONTADA HISTORIA DE JUAN IRINEO




Que nadie espere que les cuente la historia fatal del hacendado Juan Irineo, aunque yo tengo muchas cosas que contar sobre él, sé cosas que ni sus propios hijos conocen, tantas como si por sus venas hubiera corrido mi propia sangre.
De niños compartimos vivencias, juegos y peleas, entonces era un chiquillo prudente y un tanto esquivo, poco soñador, siempre apegado a las cosas materiales, convencido de que el dinero lo compraba todo.
Irineo no escuchaba nadie o al menos a mí nunca me escuchó, sólo me dejó ser testigo del ocaso su desbaratada existencia y de cómo terminó vencido por la hipocresía, la codicia y la lascivia.
Cierto es que llegó a acumular grandes riquezas materiales, pero no le sirvieron de mucho, nunca tuvo un verdadero hogar, sólo se compró casas, no consiguió tener felicidad, ni paz interior, ni sabiduría, ni tan siquiera pudo comprar su salud.
Murió un domingo de abril de madrugada y apenas tres años después las dos mujeres que compartieron su vida, en un triángulo impúdico y consentido, repudiaban públicamente su nombre y hasta su recuerdo.
Poco bagaje dejó el desdichado que merezca la pena ser recordado, dinero, haciendas y la simiente de la avaricia fertilizando en sus hijos.
Así que nadie espere que les cuente esta infeliz historia, las muchas cosas que sé las callaré para siempre.
















Autora: Pilar Aguarón

























sábado, 26 de noviembre de 2011

SONRÍO






Continúo mi recorrido sin evitar lo inevitable, me dejo arrastrar hacia mi destino, quién sabe, tal vez llegue a la cima antes de lo esperado. Vislumbro el calor de unos brazos ansiosos por abrazar, generosos y amables. Me dejo, me sé deseada y esperada, me dejo. Me entrego ciega y confiada, me dejo. Muero un poco y otro más, me dejo y no pienso, me dejo por completo, me dejo y sonrío, me burlo de la vida cuidando mi momento, es mío, sonrío por eso.



Autora: Andrea Paparella


sábado, 19 de noviembre de 2011

DECISIONES










Me han dicho que debo tener cuidado en esta ciudad.
La inseguridad reina, pero soy fuerte y tengo una corpulencia que creo disuasiva. Por eso decido pasar por el sombrío callejón entre las dos avenidas. Sin embargo, confieso que me sorprendo al ver un enclenque pequeñajo salir de un portal y decirme sin mucha convicción: “¡Dame el reloj!”. Aunque tiene una navaja en la mano, le respondo que no le doy nada y lo miro fijamente. Baja los ojos, está demacrado y muy delgado, pero agita la navaja y repite con insistencia: “¡Te digo que me des el reloj. Dame el reloj!”.
Lo mido de arriba abajo y decido: lo tumbo de un solo puñetazo y queda tendido a mis pies, boca arriba. Está inconsciente y lo observo con más detalle. Lleva una vieja y sucia camisa abierta sobre un pecho hundido del que sobresalen las costillas y calza unas zapatillas deshilachadas. No tiene calcetines y parece destentado.
Lo vuelvo a mirar y tomo otra decisión : me quito el reloj y lo deposito con cuidado sobre su camisa entreabierta.
Antes de irme, intento reanimarlo.




Autor: Fernando Ainsa







martes, 15 de noviembre de 2011

Recital de Relatos breves en el Interferencias día 18







18 noviembre 2011 a las 21:30 h.
Recital nº 2 del Ciclo de narrativa breve
bar INTERFERENCIAS (Benavente, 11- Zaragoza)






sábado, 12 de noviembre de 2011

PIEDRAS EN LOS BOLSILLOS









Suelo volar con facilidad.
Consigo hacerlo en cualquier sitio y en casi cualquier circunstancia. La única energía que necesitan mis alas para emprender el vuelo es ansiar huir. En un parpadeo, me elevo por encima del mundo y lo observo desde la distancia que proporciona el aire, el azul y las nubes.
Adopto un estadio en el que las sensaciones dirigen las ideas. Lo que siento es absoluto y, desde esa certeza, se abre el abanico infinito en donde soy dueña de un escurridizo destino.
Con las alas extendidas, me enfrento al miedo envuelta en un halo de atrevimiento y recursos. Fuerte, serena y libre para emprender cualquier proyecto, cualquier ilusión que permanezca enterrada bajo las sábanas de la desidia. Me convenzo de que los obstáculos son salvables y que el optimismo es la mejor arma; de que las emociones son mis aliadas y no debo reprimirlas; de que puedo y sé.
Todo es posible en mi dimensión. Hasta tu amor por mí. Convencida de que me deseas tanto como el nudo de tu estómago te ata a mí. Logro saborearte con tal nitidez que, cuando te vuelva a ver, me vanagloriaré de haber estado en tu boca. Justo entonces abro los ojos y me veo a mí misma como una pobre diablilla que se alimenta de fatuas ilusiones. Algo se rompe dentro de mí, probablemente alguna pluma.
Me salen muy caros estos viajes a ninguna parte, por eso siempre llevo piedras en los bolsillos.







Autora: Anabel Consejo







sábado, 5 de noviembre de 2011

LA PRUEBA






Ella le pidió a él, como una prueba de amor, palabras que nunca le hubiera dicho a nadie.
Él las buscó durante varios días y en todas las noches que pasó en blanco, hasta que consiguió encontrarlas. Pero no se las dijo.
Poco a poco, el silencio se fue instalando entre ellos, separándolos.
Aquello que él no quiso decirle era lo único que jamás le hubiera dicho a nadie.






Autora: Ana Tortosa


sábado, 29 de octubre de 2011

CASTIGO








Le dije muchas veces que si no se portaba bien la encerraría en el armario de los Monstruos Oscuros. Lloró durante horas, aporreó la puerta con sus pequeñas manos hasta que se cansó, supuse que se habría quedado dormida y entonces decidí levantarle el castigo. Mi hija ya no estaba sentada entre mis vestidos largos. Y me pregunto quién es, entonces, la niña que me mira desde allí abajo, como un animal regresado del infierno.






Autora: Patricia Estebán




jueves, 27 de octubre de 2011

RECITAL de Relatos breves en el Interferencias




Otro acto organizado por la A.A.E....os esperamos mañana a las 21.30







sábado, 22 de octubre de 2011

SE ABRIÓ LA TEMPORADA DE CAZA










La liebre no tiene la culpa del pecado original de Adán y Eva. Sin embargo, creada el sexto día del Génesis, no se sabe muy bien porque fue también expulsada del paraíso terrenal (las liebres no comen manzanas) y ahora anda a salto de mata por nuestros campos, esquivando los cartuchos de los cazadores. Como les pasa a tantos otros animales — codornices, patos y perdices— los justos pagan por los pecadores. Es más, son los descendientes de Adán, el presunto pecador, los que cargan las escopetas al hombro y los que cultivan y cosechan con ingenio y eficacia una gran variedad de manzanas.







Autor: Fernando Ainsa






sábado, 15 de octubre de 2011

JUNTOS












¿Por qué no te gusto? Preguntó Chantall casi como una súplica.


Miré sus ojos negros y sus cejas perfectas. Sus labios insinuaban las curvas y se escondían por el resto de su cuerpo. Era preciosa. Cuando la vi por primera vez entrar en clase, hasta el profesor notó cómo le faltaba el aire, porque todos los chicos la habían robado en un intento de no caer desmayados. Creo que yo me enamoré de ella como habían hecho los demás. Pero el año transcurrió y fui descubriendo que Chantall era humana. Lloró cuando suspendió matemáticas y sonrió avergonzada en día de su cumpleaños. Yo quería diosas a mi lado, no tristes mortales.


¿No me vas a contestar?


Vi cómo un mosquito, de esos que aparecen en los lagos al anochecer, acercarse a la tersa y morena piel de Chantall. Casi me pareció ver cómo se relamía al saborear la sangre llena de fruta y comida sana de mi enamorada. Me asqueó ver el habón que se le formó en su cuello. En ese mismo sitio dónde ella soñaba que le iba a besar.






Autora: Belén Inred






sábado, 8 de octubre de 2011

DUROS






Y los que intentan ir de duros tienen ese punto de ternura cuando adviertes en sus ojos todo el peso de la duda, del abatimiento. Grandes acumuladores de frustraciones, evitan expresarse por cansancio prefiriendo un silencio que no alivia, más bien todo lo contrario. Y resulta que la fe desaparece rápidamente, la esperanza se desmorona con motivo, basta una mirada, una palabra no dicha a tiempo, un mal gesto, un no cuidar al otro. De pronto lo ves claro y te invade un cruel ramalazo de ira al pensar en tu absurda candidez en este turbio y desangelado mundo. Sonríes disfrutando de tu soledad, arropándote en ella y descubriendo finalmente que a veces, es la mejor compañía.



Autora: Andrea Paparella


sábado, 1 de octubre de 2011

LA CUCARACHA. ·"UN COCODRILO VENIDO A MENOS"














Me senté frente a la pantalla del ordenador a ver si era capaz de teclear algo. Mi editor estaba tan en blanco como yo, y hacía meses que me apremiaba bajo amenaza de no comer en los próximos años.
Moví mis dedos como quien va a dar buena cuenta de una comida suculenta.
¡Se movían! ¡Bravo! Me arremangué hasta los codos y la espalda formó un perfecto ángulo recto con la silla. Abrí una página de Word. Justo en ese momento mis dedos parecieron petrificarse.
Ninguna historia. Nada. Mi imaginación se petrificó solidarizándose con mis dedos y mis codos quedaron ridículamente desnudos como esperando algo. Se quedaron quietecitos sobre la mesa como Penélope en la estación.
Pensé en todos los cocodrilos, mandriles, sapos, salamandras, jabalíes, mujeres de mala vida, hombres desangrándose en batallas, apariciones de fantasmas, brujas y sobre todo hadas y musas a las que agradecer una inspiración. Pero no apareció ningún cocodrilo, mandril, sapo, salamandra, jabalí, mujer de mala vida, hombre desangrándose en batalla, fantasma, bruja, ni hada ni musa que consiguiera dar vida a mis dedos.
Cuando fui capaz de golpear una tecla, el ordenador se apagó y el sol había desaparecido de mi ventana.
En la penumbra de los neones, vi cómo una cucaracha negra, de tamaño mediano[,] ascendía por mi pierna sin pantalones ni medias siquiera, para mediar entre sus asquerosas patitas de araña y mi piel de terciopelo blanco. Miles de patitas más rubias que el cuerpo, decididas plenamente a sortear cualquier obstáculo hasta llegar a mi boca y obligarme a escupir y a gritar, y a saltar por toda la sala. Quise saltar por la ventana, aunque en una de esas milésimas de microsegundo imposibles de medir, pensé que tal vez sería mejor hacerla saltar a ella. Para ello necesitaba volver a mi cuerpo, recuperar las funciones vitales, corazón-cerebro, principalmente, y por supuesto ese espíritu cobarde que estaba ya en el quicio de la ventana preparado para el gran salto.
—¡Ven aquí inmediatamente[,] cobarde! —Le gritaron al unísono mis pulmones, mi laringe, mis cuerdas vocales, mi paladar, mi lengua, mis dientes, mis labios y mi glotis.
Más allá de la fonología, tomé conciencia de mi corteza cerebral. Funcionaba. El corazón también debía funcionar porque podía escuchar sus latidos a modo de tambor resonando en mis oídos y golpeando mis sienes.
Mi espíritu miró de reojo intermitentemente a la cucaracha que se había parado a tomar aire para encarar la subida por la rodilla y a mi boca ordenándole que bajara inmediatamente de ese minúsculo poyete que le mantenía al borde del abismo. Miró también hacia abajo a la vez que la cucaracha reiniciaba su marcha imparable.
Cinco pisos le separaban del asfalto, sin contar los que su vértigo añadía. Ante tal dilema sufrió un ataque de pánico allí mismo mientras los pulmones se desinflaban, el corazón se ralentizaba y el cerebro se rendía ante somera inutilidad de sus colaboradores. El último golpe de sangre que bombeó el corazón logró abrir los ojos para suplicar un poco de compasión para ese cuerpo que quedaría a expensas de la cucaracha si él no accedía a bajar rápidamente de esa estúpida ventana.
La cucaracha ganaba terreno. El espíritu cobarde observaba impertérrito su avanzada. ¡Dios! Se iba a colar en el ombligo. Allí repostaría fuerzas de nuevo y juraría que le hizo burla meneando sus antenas mientras babeaba.
Más tarde mi espíritu me confesaría que fue precisamente en ese mismo instante cuando se introdujo en aquel cuerpo maltrecho que se desplomaba sin remedio entre el sillón de madera y la mesita del ordenador.
Y sin saber cómo exactamente, se puso al servicio de ese cuerpo ya desplomado completamente en el suelo.
Entonces ocurrió que mi mano buscó en las tinieblas cualquier objeto a su alcance con el que sacudir a la cucaracha para inmediatamente pisarla. Cogió uno de los libros que andaba varios días revolcándose por el suelo, y la lanzó contra el aire. Mis ojos intentaron seguir su vuelo, pero se perdió en la luz de los neones.
Decida a acabar con ella, pulsé el interruptor de la luz. La cucaracha andaba como loca buscando un agujero donde esconderse, pero aquel no era un buen lugar para encontrar cobijo. Lo único de lo que disponía en la habitación era el sillón de madera, la mesita del ordenador, con ordenador incluido, y un colchón tirado en el suelo. Parecía asustada y eso reforzó a mi espíritu. Tenía que vencerla antes de que se colara entre las mantas que arrastraban por el piso o se colara en algún hueco que se escapara a mi control. Eso sería mi final.
Su cuerpo brillaba. Las antenas se le volvieron locas como un radar que le anunciaba mi presencia en todas direcciones. Debía estar calculando sus posibilidades cuando la punta de mi zapato le hizo sombra. Entonces recordé el asqueroso crujido que aseguraba su muerte. Momento que aprovechó el repugnante insecto para reanudar su carrera. Mis ojos la seguían buscando a la vez que buscaba algún objeto de peso con el que poder aplastarla contundentemente. Agarré una piedra que hacía las veces de pisapapeles y la arrinconé en una de esas esquinas en las que se sienten a salvo. Tuve que esperar unos segundos hasta que quedó a mis expensas. Y sin ningún remordimiento de conciencia, la aplasté bajo la piedra. Sólo escuché el golpe de mi pisapapeles contra el suelo. La losa del piso se resquebrajó. Aún así, me pregunté si estaría muerta. Las cucarachas pueden incluso vivir sin cabeza durante nueve días. Un escalofrío movió todo mi cuerpo antes de atreverme a descubrirla. ¡Allí estaba! La observé con detenimiento, e incluso deseé haber tenido unas pinzas para separar cada parte de su cuerpo y poder recrearme en mi venganza. El corazón me latía tan deprisa como si acabara de matar a un cocodrilo. Entonces, la miré de nuevo. Parecía que la hubiera pasado por encima una apisonadora. Casi sentí lástima. Desde luego, aquella cucaracha no merecía que mi espíritu hubiera estado a punto del suicidio ni que mi corazón se parara en medio de una habitación en la que nadie me hubiera encontrado hasta estar tan putrefacta como ella.
Definitivamente había sido en defensa propia. Nadie me acusaría de matar a un bicho tan repugnante. Incluso la casera me lo agradecería. Envolví sus restos en un trozo de papel y la lancé por la ventana como venganza última. Pensé en tirarla por la taza del water, pero no podía recorrer los cinco metros de pasillo que me separaban del retrete común con su cadáver entre mis manos.
La tensión me había dejado exhausta. Sentí mi cuerpo aflojarse y un inmenso placer recorrió cada uno de mis músculos. Satisfecha de mi hazaña, volví a sentarme en el sillón de madera y encendí el ordenador de nuevo. Los neones se apagaron y dieron paso a una luz blanquecina que anunciaba el amanecer.
La pantalla del ordenador se iluminó y mis dedos teclearon: La cucaracha. “Un cocodrilo venido a menos.”.






Autora: Carmen Jiménez






sábado, 24 de septiembre de 2011

UN MAL ESPEJO










"No", le dijo ella mirándole a los ojos. Él fue incapaz de sostener aquella mirada, y se empañó olvidando que la misión de un buen espejo es apoyar las decisiones de quien se refleja en él. Por eso, cuando el teléfono sonó y siguió sonando hasta que no sonó más, ella sacó a ese mal profesional a la calle y lo hizo pedazos antes de abandonarlo junto al contenedor de basura.





Autora: Ana Tortosa





sábado, 17 de septiembre de 2011

CALLE ABAJO













Una noche de diciembre Elena terminó de recoger la vajilla, se puso el abrigo y en zapatillas bajó despacio las escaleras para tirar la basura al contenedor. Al pisar la acera echó a andar calle abajo con su bolsa de basura en la mano y anduvo y anduvo.
Su familia llenó la ciudad con la foto de su rostro ajado, que los meses, el sol y la lluvia terminaron por desvanecer. Pero Elena no volvió.






Autora: Pilar Aguarón

sábado, 10 de septiembre de 2011

UN BUEN MOMENTO















No para de sangrar tumbado en el suelo boca arriba, la vista se le nubla. Piensa que lleva más de veinte años patrullando las calles, ayudando a sus conciudadanos, atrapando malhechores. Su trabajo le hace tener la conciencia tranquila y sentirse orgulloso. Esa entrega ha sido la causante de no haber visto crecer a sus dos hijos y de haber perdido a la mujer de su vida. Pobre Marcela, no aguantó las noches en vela, los avisos de media noche, los sustos y las llamadas desde el hospital. A los desvelos se sumaron los celos, no siempre infundados, y el olor a alcohol que impregnaba el uniforme. Ya sólo le queda su gran pasión: ser policía. El compañero le grita que no cierre los ojos, que aguante, pero Fernando piensa que es un buen momento para morir.






Autora: Anabel Consejo





sábado, 3 de septiembre de 2011

DUROS










Y los que intentan ir de duros tienen ese punto de ternura cuando adviertes en sus ojos todo el peso de la duda, del abatimiento. Grandes acumuladores de frustraciones, evitan expresarse por cansancio prefiriendo un silencio que no alivia, más bien todo lo contrario. Y resulta que la fe desaparece rápidamente, la esperanza se desmorona con motivo, basta una mirada, una palabra no dicha a tiempo, un mal gesto, un no cuidar al otro. De pronto lo ves claro y te invade un cruel ramalazo de ira al pensar en tu absurda candidez en este turbio y desangelado mundo. Sonríes disfrutando de tu soledad, arropándote en ella y descubriendo finalmente que a veces, es la mejor compañía.





Autora: Andrea Paparella

sábado, 23 de julio de 2011

SENSIBILIDAD







Durmió a su hijo en brazos después de darle el último biberón del día. Lo acostó y lo arropó con cuidado de no despertarlo.
Abrió la ventana para oler el rastro de la tormenta.
Saboreó ese vino especial. Escuchó ese disco de blues que siempre le arrancaba lágrimas.
Amó a su mujer con la devoción que le inspiraba su cuerpo recién parido, más lleno de vida que nunca.
Se vistió aún de madrugada. Salió a la calle a cumplir su misión.

Por la tarde, frente al televisor, con la cabeza del perro en las rodillas, sonrió: las censuradas imágenes de dos cadáveres mutilados, y el rastro de sangre, subrayaron su triunfo.





Autora: Ana Tortosa




sábado, 16 de julio de 2011

FALLOS






Primer intento: No se esmeró lo suficiente, se apoyó en su trayectoria y se dejó mecer por ella. Falló.
Segundo intento: Decidió esmerarse más pero su intento fallido ya formaba parte de su trayectoria, volvió a fallar por falta de fe.
Tercer intento: Dos meses después, digeridos los intentos fallidos, se hizo la luz, finalmente comprendió las razones de sus fallos. Sólo entonces ganó.
Ella, con el pelo alborotado, lo miró a los ojos y sonrió feliz, por fin se sentía comprendida.















Autora: Andrea Paparella















sábado, 9 de julio de 2011

HUÉSPED







Cuando vio la larga y desencajada figura de don Quijote materializarse en el centro del salón, lanza y escudo en ristre, no se sorprendió lo más mínimo. Siempre supo que un personaje de ficción bien logrado está más vivo que cualquiera de los seres de carne y hueso con los que el azar nos obliga a compartir la existencia. Y más aún: que esta verdad es todavía más verdadera en relación al viejo manchego devorador de libros de caballería que con cualquier otro personaje de la vasta y diversa literatura universal. De modo que, sin apartar la mirada del recién llegado huésped, dejó el volumen II del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha sobre la mesita a su lado y, saltando presto del asiento, caminó jubiloso (y sintiendo en el alma una íntima e irrenunciable recompensa) al encuentro del Caballero de la Triste Figura que, como no podía ser menos, venía en compañía de su gordo y simple escudero Sancho Panza, con el que sostenía un intrincado e interminable diálogo al que él pronto, sin lugar a dudas, se incorporaría para siempre…









Autor: Carlos Enrique Cabrera















sábado, 2 de julio de 2011

LA MIRADA







No recordaba desde hacía cuánto tiempo nadie la miraba así, con esa atención, ese descaro, ese, casi le daba vergüenza pensarlo, deseo contenido que se escapaba en cada parpadeo. Repetía la imagen una y otra vez en su mente porque le producía una sensación placentera: la piel se estiraba, se tornaba tersa y el latido del corazón oxigenaba más deprisa las células. La excitaba, sí, la excitaba tanto como la aturdía. Sólo había sido un viaje en el ascensor, un roce inesperado por culpa de las bolsas de la compra, un lo siento, no ha sido nada y el silencio ensordecedor de aquella mirada impúdica, como si fuera la primera vez que viese a una mujer. Deseaba de una manera atroz coincidir de nuevo con él. Si la volvía a mirar de esa forma, olvidaría sin esfuerzo que podría ser su madre.





Autora: Anabel Consejo

sábado, 25 de junio de 2011

EL CASERÓN DE LAS HIGUERAS







A dos kilómetros de Barbianes, perdido en la hondonada del valle, está el viejo caserón de las higueras, la que durante décadas fue la finca de recreo de la familia Bolaño hoy es sólo un montón de ruinas.

Recibe el nombre de dos enormes árboles que sobresalen por encima del enrejado, tiene un jardín vencido por la maleza y está rodeado por un gran muro de piedra y una verja oxidada que termina en lanzas puntiagudas en forma de hojas.
En el valle, la historia del viejo caserón va unida al destino de Amalita Bolaño y sus frustrados esponsales con el fatuo de Gerardo Olmedo.
Recién terminada la guerra civil, en aquel valle sumido en la miseria y en la tristeza, los preparativos de la boda de la única hija del viudo Román Bolaño, sirvieron de esparcimiento y comadreo entre los lugareños, y no digamos las consecuencias que su desenlace trajo.
La tarde antes del desposorio, el novio salió de la casa familiar en medio de un gran aguacero para dirigirse a la hacienda de los Bolaño, pero nadie lo vio entrar en la finca y jamás apareció por lugar alguno.
Aquella noche de mediados de septiembre, llovió a mares. Las torrenteras borraron los caminos y anegaron los campos. Los adornos florales y las guirnaldas preparadas para el festejo se deshicieron y el jardín quedó convertido en un lodazal.
Cuando pasó la riada y durante semanas rastrearon los caminos, el río y las acequias, preguntaron en los burdeles, investigaron las aduanas, los trenes, los barcos… pero a Gerardo Olmedo se lo había tragado la tierra.
Así que la delicada Amalita Bolaño se quedó compuesta y sin novio a los pies mismos del altar, con su vestido de raso y organdí amarilleando dentro de un baúl envuelto en papel de seda, pero la joven supo afrontar su infortunio con una entereza sorprendente para sus escasos años: en ningún momento la vieron llorar ni perdió la compostura.
Los Bolaño al poco tiempo abandonaron el valle buscando el olvido. Amalia se acabó casando con un magistrado, tuvo un hijo, sensato y serio, como su padre y varios nietos que le alegraron la vejez. Pero nunca quiso volver al valle, ni contaba detalle alguno sobre aquel pasaje de su vida.
Tras casi cincuenta años de matrimonio y a punto de cumplir los ochenta, enviudó del magistrado Antón Ubide. Nada más echar el cerrojo al panteón pidió a su hijo que la llevase a Barbianes, al viejo caserón del valle a donde jamás lo había querido llevar hasta entonces, y del que el hombre sólo tenía unas difusas referencias y unas escrituras guardadas en un cajón bajo llave.
Insistió en hacer el viaje los dos solos. Tardaron casi una hora en llegar. Durante ese tiempo Amalia estuvo callada, con la mirada perdida en el horizonte.
La verja de hierro del viejo caserón chirrió al empujarla. La anciana anduvo unos metros y se quedó mirando fijamente a un enrejado cubierto de hierbas y barro.
Estaba pálida y parecía fatigada, pero con firmeza señaló la rejilla que estaba junto al muro, casi a ras de tierra y dijo:
- Nadie buscó ahí.
-¿Qué tenían que buscar?, -mamá.
-Lo que el tiempo haya dejado de Gerardo Olmedo. He tenido que esperar a que tu padre y quienes me ayudaron estuvieran muertos para contártelo, hijo.
Y con la tranquilidad de quien lleva toda la vida esperando, fue relatando cómo aquella noche se enteró de las aventuras y deudas de su futuro marido; y de cómo ella, en un arrebato de celos, le empujó y Gerardo se golpeó la cabeza contra la escalinata de piedra.
- Entre tu abuelo, el aya, los guardeses y yo -prosiguió- descuartizamos el cadáver a hachazos y lo arrojamos a ese pozo envuelto en sábanas de hilo y repartido en media docena de pedazos.
El agua se lo llevó todo aquella noche y además allí no buscaron- terminó de relatar Amalia mirando a su hijo que estaba lívido e inmóvil.
De todas formas -añadió mientras se daba la vuelta y se dirigía tranquila hacia la salida- yo ya soy vieja y de aquello ha pasado demasiado tiempo, pero tú sabrás lo que hay que hacer ahora, que para eso eres juez, hijo mío.










Autora: Pilar Aguarón

viernes, 17 de junio de 2011

PORVENIR








La pitonisa se enamoró al primer golpe de vista de aquel hombre tan triste, que tenía más ganas de pasado que de futuro. Por eso no le cobró la consulta de tarot y le regaló una bola de cristal negro, Llévala siempre contigo, le dijo. Ahora, cada vez que el hombre triste se asoma a su porvenir, divisa al otro lado del cristal turbio un rostro de zíngara, con los ojos muy pintados.







Autora: Patricia Estebán








sábado, 11 de junio de 2011

MIENTRAS PASA LA VIDA





Mientras pasa la vida, un anciano con cabellos de plata se sentaba a contemplar como juguetean los niños del parque. Con la mirada perdida en el recuerdo, acariciaba la peluda cabeza de su fiel compañero.



Él... ausente, sonría vagamente. Fue un día como otro cualquiera, pero el cansancio de los años que cargaba a su espalda, tiraban inconsciente de su cuerpo hacía el suelo.Cada día le costaba más salir a sentarse bajo la encina, que él tanto amaba. Allí fué donde la beso por primera vez, donde cogió sus manos de porcelana, allí donde su sonrisa, le regaló un mundo de ilusiones.¿Y ahora que le quedaba...? Sino vagos recuerdos.Sus manos frías, sus bellos ojos azules perdidos en la inmensidad del destierro. Eso y un silencio perpetuo que le acompañaba siempre.Y él, tuvo que continuar su camino sin ella, mientras pasa la vida.La cama vacía, inmensamente sola, el olor en la almohada que desprendía su perfume, todo un vago recuerdo.Su único y fiel compañero de caminos, estaba tan cansado como él. Le costaba subir apenas los cinco escalones que separaban el portal de la puerta de entrada.Aquella tarde tenía frío, estaba especialmente melancólico, notaba la presencia cercana de su pequeña princesa como él la llamaba. Era un día gris, las nubes decoraban el cielo con unas intrigantes sombras, el sol escasamente alardeaba de su poder.Se puso en pie, para guarecer sus pensamientos entre las cuatro paredes de su casa. Allí, había confeccionado un mausoleo con pequeñas porciones de su vida.En el pequeño aparador de la entrada, una foto familiar, presidía el pasillo, más adelante el comedor y a escasos metros, la vieja mecedora donde ella tejía. Sobre la mesa de centro, un pequeño retrato, acompañado siempre de flores frescas. Él las recogía personalmente, una a una para regalárselas cada mañana.Era solo uno de los detalles frescos de luz de aquella pequeña estancia.Cogió la foto donde ella aparecía con sus hermosos ojos azules tan llenos de vida. Hoy... tan inmensamente profundos en su recuerdo y lo dejó sobre la cama.Acaricio la cabeza de su perro, con una ternura especial, le dijo que lo quería, que todo estaba bien. El animal lamió sus manos, él se dedicó a mirarlo fijamente a los ojos.Los dos entendían sin hablar.Se desvistió, se metió en la cama, siempre fría y se abrazo al pequeño retrato, el aire entraba por la ventana.¡ Aullaba!Comenzó a sentir una calma que estremecía, su interior. El silencio de repente inundó la habitación.Vio entrar por la ventana, una extraña silueta de negro vestida que le ofrecía la mano. A lo lejos la sonrisa de unos bonitos labios con vehemencia lo esperaban.El extraño ser, de tules negros como la noche y su abismal silencio lo derrotaban.Alargo la mano, se adhirió con un alhaja entre sus dedos. Amainaron sus miedos, su cansancio, y paso a paso se sentía rejuvenecer.Al final del camino; una luz blanca. Su pequeña princesa lo esperaba más allá de la luz. El pequeño perro, dormía profundamente a los pies de su amo.Mientras pasa la vida, el sol se dejó escurrir por la ventana.






Autora: Charo Caru







sábado, 4 de junio de 2011

EQUIPAJE





Una vieja valija olvidada en mitad de la carretera podría ser una simple casualidad. Quizás alguien olvidó cerrar correctamente su maletera y resbaló sin que nadie se diera cuenta. Era grande y vieja, sentí una inmensa curiosidad por ver su contenido. Soslayé alrededor para percatarme que no hubiera nadie. Me agaché para verla mejor y percibí un hedor extraño desde adentro. Acaricié suavemente la piel que cubría la maleta ya rugosa por los años. Desabroché los cinturones y di un vistazo hacia su interior. Habían viejas fotografías que me recordaban a un pasado antiguo, un par de cartas y viejas ropas fuera de moda. Hacia el fondo yacía un viejo mandil que tenía las iniciales A.B. Me quedé con gran curiosidad acerca del equipaje.
Lo enmarqué de perfil, al darle vuelta noté que era lo mismo. Un acto arriesgado me empujó a sortear suerte sobre la búsqueda de una identidad. Pensé diversos nombres y posibilidades que designaran la propiedad de alguien. Casi en actitud contrita me sentí avergonzada sobre mi escudriño silencioso. Sin embargo, nadie estaba a lo largo de la carretera y tenía el lugar perfecto para cometer la fechoría de husmear dentro de la valija. No podía quitármela de la cabeza, me recordaba mucho a una que tenía mi abuela y que siempre me gustó.
Miles de pensamientos asomaron por mi cabeza, podría ser de quién sabe quién. El huroneo me llevó a sus máximos estertores. Concebir diversas posibilidades sobre la identidad del dueño de la maleta. Al borde del hartazgo y sin más deseo de seguir mi camino. De repente, atisbé un pequeño baúl color plata con bordes rojos. No obstante, decidí partir pero no recordaba hacia donde tenía que regresar. Sin más ni más, me hallé tratando de abrir dicho arcón. Después de darle un golpe a la cerradura esta se abrió. Un olor intolerable me rebasó como una cachetada hacia atrás. Era una frazada de lana gruesa con símbolos indios. Quería jalarla pero me era imposible, parecía estar atosigada dentro del baúl. Primero vi una especie de largos huesos medio quebrados similares a los ciervos. Había una mano que aún mantenía un denario muy similar al que me regaló mi madre. Con desesperación traté de hallar la identidad del dueño de la valija. Sentí un aire frío dentro de mi cuerpo y Volteé hacia la carretera y no vi mi auto.
En ese instante, traté de recordar el nombre de mi hijo, mi madre y por último mi propio nombre. Estaba hasta el punto de la neurosis; cuando por fin hallé una identificación en una vieja billetera. Era Andrés Bisso. Mi nombre.


Autora: Mixha Zizek


sábado, 28 de mayo de 2011

NADIE










Imposible esconder sus opiniones. Asumió que los hombres no lograrían comprenderla nunca, aquella conclusión la desesperó, no soportaba la soledad, tampoco la compañía resignada ¿Quién sería su testigo? Nadie. Ansiaba sexo, caricias, observar el deseo en otros ojos. Mientras tanto y por primera vez, presa de gran nerviosismo, esperaba al hombre que había contratado para llenar de afecto un puñado de sus horas, en una habitación de hotel.


Autora: Andrea Paparella


sábado, 21 de mayo de 2011

RUTINA ESPECTRAL







Vendrás en cosa de una media hora. Estarás ahora caminando por nuestra calle, pisando las hojas de los castaños que ya han caído. Siempre te relaja el sonido de las hojas romperse bajo sus pies. Entrarás, dejarás las llaves en el recibidor, te quitarás la corbata, los zapatos y el traje. Entrarás en la ducha y dejarás que las ideas salgan de tu cabeza y se vayan por el desagüe. Dejarás que se escurran con el jabón y desaparezcan por las tuberías. Te vestirás con el pijama, comerás un par de piezas de fruta para hidratar tu garganta. Bostezarás y sonreirás cuando acaricie tu nuca. Veré cómo tu carne se estremece y se excita cuando sople detrás de tu oreja. Querrás meterte en la cama y jugaré con tu cuerpo hasta que te quedes dormido...Cuando lo hagas, volveré a entrar a esa dimensión de la que salgo sólo cuando llegas a casa. Volveré a entrar en esa pared dónde me emparedaron, esperando a que, de nuevo, anochezca para poder jugar contigo.









Autora: Belén inred















sábado, 14 de mayo de 2011

PASAR PÁGINA









A Teresa aquella página obstinada se le resistía, demasiada vida, demasiados recuerdos. Las yemas de tres de sus dedos parecían haberse fijado al papel como si de algún extraño conjuro se tratase. Pasó tres largos años llena de limitaciones, sus dedos fundidos con su pasado. Finalmente decidió cortar por lo sano y la pasó, al fin y al cabo se podía vivir con tres dedos menos.





Autora: Isabel González










sábado, 7 de mayo de 2011

SOMBRA










Ahí está su sombra (como cada día acude puntual a la cita no acordada) ya adelantándose a sus pasos, ya siguiéndolo con tenacidad y persistencia inconmovibles, ya colocándose a su lado como una igual, con el más absoluto descaro (y altanería e impertinencia) imaginable, demostrando de forma incontestable y palmaria cuán notables vienen siendo sus progresos en el desarrollo de una voluntad propia y cómo crecen sus niveles de autonomía e independencia, hasta qué punto está logrando asumir por entero el mando de su vida. Ah, viéndola ahora aquí, adherida al pavimento como un negrísimo betún gomoso, a cada instante más nítida y definida, mientras él cada vez más ostensiblemente se diluye y afantasma, le resulta por completo evidente que definitivamente terminará suplantándolo en todos sus papeles estelares.






Autor: Carlos Enrique Cabrera







sábado, 30 de abril de 2011

DICEN QUE HAN VISTO UN ANIMAL SALVAJE MERODEANDO POR EL IRIS DE MIS OJOS





Sé que no debería quererte. No al menos como lo hago, con el deseo palpitándome en las yemas de los dedos, queriendo meterte en mi cama y que me hagas daño, haciéndomelo con fuerza, mordiéndome el alma, demostrándome que el amor es sólo una insana y dulce violencia. Sé que lo deseas y yo... yo estoy... en fin, tú crees que soy mejor de lo que soy. Porque sé que gritarás y pedirás que pare y siga al mismo tiempo, porque sé que afilarte las uñas no te servirá de nada cuando veas brotar la sangre de mi piel y al bicho que llevo dentro decirte cosas endiablademente tiernas y pasmosamente duras. Sé que no lo creerías y sé que no hay lugar donde esconderse, lo que pasa entre un hombre y una mujer es sólo ciencia ficción, lo que pasaría entre nosotros es lo que sucede cuando encierras a dos alimañas en un habitación cerrada... el amor es eso, el sexo es eso, es caer desde muy alto y muy puro a un lugar muy profundo y muy sucio. Pero claro, tú no quieres saberlo, no quieres entrar en algo que no entiendes... y yo... yo soy mucho peor de lo que crees, y al mismo tiempo soy infinitamente mejor de lo que crees que puedes soportar.


Autora: Anna



sábado, 23 de abril de 2011

SOLO DE VIOLÍN



La violinista pelirroja apura el sonido de la última nota en su instrumento y va dejando que poco a poco se convierta en silencio. Aparta el violín de su rostro y lo guarda entre sus brazos con manos lánguidas. Permanece inmóvil, sentada en el vestido negro, como si el concierto no hubiera terminado. Al fondo de la sala, un revuelo. Gente moviéndose entre las butacas. Al parecer, el señor que no ha dejado de toser la dos últimas horas ha sufrido un infarto. Le aflojan la corbata, le dan aire con el programa. La violinista sonríe, mientras, ahora ya sí, esconde el violín dentro de su caja.




Autora: Patricia Estebán






sábado, 16 de abril de 2011

SOLOS



La busco al inicio de cada primavera. Llego aquí cada día y la observo. Aparece detrás del cristal de su ventana y se queda quieta para no asustarme. No sabe que nunca me iría, ni aunque hiciera un gesto brusco, ni aunque subiera el volumen de la música que escapa fuera cuando abre de par en par las tardes de verano. Me mira y hago como que estoy distraído, pero yo también la miro de reojo. Me gusta su pelo. Me recuerda a un buen nido. Siempre hay un instante en el que nos encontramos, en ese punto preciso en el que se cruzan nuestras miradas. Ella pensará que parece que la miro. Apenas sabe nada de mí. Hoy sabe algo más. Sabe que he venido solo, por primera vez en todos estos años, y por eso aún sigue ahí: para acompañarme. Apenas sé nada de ella. Hoy sé algo más: está sola por primera vez en todos estos años. Como yo. Lo noto en su pelo descuidado y en sus ojos tristes, y en que intuyo que no se quitará de la ventana hasta que yo me vaya. Ni un segundo antes. No quiero irme, pero la noto cansada. Vuelo lejos de ella y me llevo su soledad. Ella se queda con la mía. Mañana ya no estaremos solos.

Autora: Ana Tortosa






sábado, 9 de abril de 2011

LA INSOLENTE ASIMETRÍA



Almudena tenía un pecho más grande que el otro. Más grande o que le colgaba un poco más, al cabo da lo mismo. En eso éramos parejos: mi testículo izquierdo es más largo que el derecho. A mí esa cualidad compartida me hacía gracia y le decía que parecíamos dos seres deformes y malditos obligados a vivir al margen de la sociedad. Ella me contestaba que eso sería cierto en el caso de que fuésemos desnudos por la calle, porque vestidos nadie podía advertir nuestros defectos físicos. Pues salgamos desnudos a la calle, le decía yo un poco para provocarla, y exhibámonos sin recato orgullosos de lo que somos, dos seres imperfectos en un mundo homogéneo, metódico, exacto. Pero ¿no te acuerdas de la última vez que lo hicimos?, me respondía ella. Claro que me acuerdo, le decía yo, por eso mismo te lo digo. ¿Pero es que acaso te has olvidado de la envidia mezquina de sus ojos, de aquel horror esclerotizado anidando en sus rostros, del miedo inveterado que gobernaba sus gestos?, insistía ella. Sí, claro que me acuerdo, respondía yo, por eso te lo digo precisamente. Pero ella no se daba por vencida: ¿Se te ha olvidado cómo supuraban sus babas fétidas y espumosas a nuestro paso, su aliento corrompido por la rabia, la hilada de escamas que se desprendía de sus torsos? ¿No recuerdas con qué afán trataban de tocar nuestros miembros inauditos, nuestros aún hermosos cabellos negros, la impúdica tersura de nuestra piel? ¿Ya no te acuerdas de cómo arrastraban sus cuerpos sedientos de vida, cómo lloraban anhelando lo que quizá una vez fueron, cómo imploraban nuestra lástima y nuestra compasión? ¿Acaso ya no sientes aquel amargo llanto por lo perdido, por lo ido, por lo ya para siempre irrecuperable? Entonces yo le miraba el seno más grande, o el más caído, al cabo da lo mismo, y trataba de imaginarlo túrgido como una fruta jugosa, rebosante como un odre de miel. Pero siempre se cruzaba ante mis ojos la herida cada vez más purulenta de su brazo, la lenta descomposición de su costado, la violenta invasión de sus estrías, y me decía que al fin y al cabo la imperfección es hermosa, que no hay mácula que no contribuya a mejorar el conjunto, que en realidad todos estamos hechos de una amalgama de imperfecciones. Era en ese instante cuando la quería con más fuerza, con más ímpetu, cuando la deseaba con más ardor. Y también cuando mi testículo caído se endurecía como una nuez hasta quedar igualado con el otro, el más enhiesto, hasta alcanzar una perfecta, intachable, casi insolente simetría.








Autor: Carlos Manzano







sábado, 2 de abril de 2011

VACÍO ENVASADO








El viernes salí con mis amigas. Cuando regresé a casa mi marido estaba achicharrando en el horno una pizza precocinada, la cena que las niñas han establecido para ese día. Un bocado insulso y seco, que apenas se podía tragar sin acompañarlo de líquido para ayudarlo a discurrir por el tubo digestivo. De haber intentado adivinar y describir a ciegas qué estaba comiendo, salvo un ligero y lejano sabor a pan requemado todo lo demás habría sido como definir la nada masticable y dura. Mientras intentaba deglutir esta nada, pregunté a mi marido qué tal el día. El respondió con monosílaba aspereza, entonces, de repente supe a qué sabía la cena. La pizza de los viernes sabía a matrimonio. Cuando terminé salí a la cocina a tirar los restos, entonces observé el envoltorio en la basura, comprobé que estaba caducada.




Autora: Arqui-Loca






sábado, 26 de marzo de 2011

EN(H)ER(B)VADO







Vengo fumao porque así la sangre circula más lenta. Y las rodillas me hacen cosquillas. Y me pareces más guapa. Aunque ya te follaré mañana porque hoy sólo puedo reír. Te ves tan graciosa mirándome así. No te asustes, mujer, sólo es oca... ocasional. Sí. Por eso voy de lao. Porque ya no fumo nunca. ¿No lo ves? Tú tendrías que probarlo también. A lo mejor te corrías por fin. Te soltabas de una puta vez. Y me soltabas a mí también. Y todos sueltos correríamos desnudos. Cuando venía he visto un árbol que tenía ojos. La naturaleza nos habla, amorcito. ¿No crees que todo está conectado?




Autora: Carlota Ex-nihilo




sábado, 19 de marzo de 2011

UN RAYO DE LUNA







Un rayo de luna perdido en la noche realza el contorno de todas las cosas, rayos de sombra, como hilos azules de hielo glacial, invaden espacios con furtivo resplandor.
Guarda silencio la oscuridad ante la pupila del tiempo, mientras la nada habita bajo
tus dedos y te preguntas qué hacer cuando la chispa lunar revela la belleza del morir.




Autora: Doberka




sábado, 12 de marzo de 2011

SOBRESALTO





Solo se oían en el bosque unos gemidos ahogados de algo que corría. Dos sombras zigzagueaban por los árboles levantando las hojas a su paso. Cuando llegó al fondo de su guarida, el lobo, por fin, descansó. Mientras recuperaba el aliento, sintió, aterrado, en la nuca, el de la deliciosa niña roja que pensaba merendarse.





Autora: Belén Inred


sábado, 5 de marzo de 2011

LA VIE EN ROSE








Puso el viejo vinilo en el giradiscos, no sin antes limpiar el polvo acumulado desde la última vez.
Él Se agarró a su talle, y ella a sus hombros. En esa posición la vida se detenía.
Bailaron durante poco mas de tres minutos, pero durante ese tiempo, solo con su mirada primero, y los ojos cerrados mientras danzaban, se dijeron lo que en treinta años de convivencia se decían todos los días. Sin palabras.
Y es que, para celebrar su aniversario, desde el día que se prometieron amor eterno, se dedicaban unos minutos para rememorar que la vida tenía sentido mientras se tuvieran el uno al otro. Mientras hubiese cariño, una caricia, un beso o un roce que les recordase que no había nadie mas feliz.
La vida era de color rosa un día al año al menos.

Autor: Gabriel del Molino


sábado, 26 de febrero de 2011

GAME OVER







Desnuda sobre la cama revuelta, miro tu cuerpo respirar junto al mío, tibio, silencioso. Tu olor cubre cada poro de mi piel todavía. Te miro, mientras apuro una última y deliciosa copa de Somontano Merlot.
Sonrío sin ganas... "Hay estrategias que siempre fallan" me repito, como ya te dije sobre nosotros una vez....
Suena bajito Lovers Dream de Anna Ternheim en el Spotify...
Maybe I could be yours
Maybe you could be mine maybe....
;-), maybe.... pero no, no va a poder ser....
Me levanto despacio, y voy poniéndome cada prenda de ropa que me has quitado tantas veces en estos dos ultimos días enormemente alejados de la realidad, de la verdad y de la cordura, prendidos de un limbo inaccesible...
Se escucha llover ventana afuera... en esta noche de finales de mayo.
Le doy otro sorbo al Merlot, mientras mis recuerdos se vuelven al sepia y retroceden casi catorce años a ese último verano en París, a esa noche en la que saliste de mi casa para no volver jamás. Me sacudo la cabeza, y me levanto de la cama, no quiero recordar cuando hace casi 8 años no llegaste a volver a entrar, aquella decisiva noche... aquella en la que escribiste definitivamente el final de nuestra historia...
Demasiado. Demasiadas renuncias, demasiado odio, demasiadas luchas,
demasiado, demasiado llorar.
No puedo más, estoy exhausta. Agotada de buscarte. Cansada de darte.
Vacía con tus no-palabras, tus no-hechos, tus no-luchas, tus "no future"....
temiendo que en realidad seas tú ese muro paralizante....
Cada paso, más dificil y decisivo... más costoso.... casi todos míos...
Pero hoy sé que ya no quiero dar ni uno solo más tan sola....
no puedo tirar sólo yo de todo esto, no puedo hacer más....
Mi lado ya está todo devanado. No hay más. No me queda nada más qué hacer.
Cierro la maleta, deslizo suavemente la cremallera para que no te despiertes.
Te observo por última vez desde la penumbra, al contraluz de la madrugada que despunta..
Te estremeces entre las sábanas, miro tu cuerpo descubierto, tu respiración se agita levemente, y me quedo quieta temiendo que te despiertes.
Camino silenciosa y temerosa de espaldas hacia la puerta, la abro con cuidado, y comienzo a llorar mientras me golpea la luz amarilla de un pasillo entelado en este hotel de provincias. Llorando ya con demasiada fuerza me avalanzo sobre el ascensor y me desplomo sobre el botón del sótano, intentando exhausta que mi cuerpo caiga al suelo antes que esta pobre cabeza estallando.
Necesito dormir.... sólo dormir y salir de aquí... sé que mañana volverá a ser un día perfecto en Matrix.






Autora: Hypathia Alejandría


sábado, 19 de febrero de 2011

LO TERRIBLE DE LAS MAÑANAS






Cada mañana cuando me miro al espejo, antes de ponerme las gafas de lentes progresivos me veo como siempre, con cara de sueño y lleno de bostezos. Soy la misma persona que cada día se cepilla los dientes, se afeita y últimamente se unta la cara con crema anti arrugas, anti choque, anti estrés y anti bolsas. Todo por hacerle caso a mi mujer.
Soy el mismo que hace filigranas con el pelo, con las entradas que se nos hacen a los hombres y que parecen moscódromos, eso dicen mis hijos. Sí, en efecto soy el mismo de todas las mañanas, el que estoy acostumbrado a ver y a quién nada pregunto para evitarme el desconcierto. Y sin decirle nada al que me mira desde el otro lado del espejo, salgo del cuarto de baño.
Pero cuando después de desayunar entro al baño con las gafas puestas ¿qué me encuentro? Pues veo otra persona, seguramente la que realmente soy. Veo un rostro con las arrugas del escepticismo endurecidas bajo los ojos, el repliegue de la ira cotidiana sobre las cejas y los frunces de la piel bordeando la boca y el labio inferior con la amenaza de la desgana de callar tantas y tantas palabras a lo largo del día. Y siempre llego a la conclusión de que la persona que después de desayunar entra al baño y se mira al espejo es el otro que llevo dentro y que no quiero ver. Antes salía cabreado conmigo mismo preguntándome quién era en realidad, si el de delante o el de detrás del espejo. Sin embargo, después de meditarlo, llegué a la conclusión de que esta actitud no servía de nada. Así pues, desde hace unos meses hice un pacto con el otro y antes de marchar al trabajo nos saludamos, nos damos la mano, sonreímos con incierta confianza y hasta el día siguiente. La felicidad no es tan difícil de conseguir, ¿o sí?



Autora: Elena Casero



sábado, 12 de febrero de 2011

(NO) TE ECHO DE MENOS





Nunca tuvo el valor de echarle de menos.
Ni entre las sábanas tibias donde apenas se demoraba después de que él las abandonara.
Y no le echaba de menos el domingo.
Ni el jueves por la tarde.
Ni el martes, aunque lloviera.
El lunes lo llenaba de todo menos de él.
El sábado olvidaba encender el móvil.
El viernes estaba demasiado ocupada como para hacerle un hueco a su ausencia.
El miércoles lo vaciaba cuidadosamente de recuerdos.
Pero un domingo cometió el error de quedarse un rato más en la cama después de su partida, y de buscar el rastro de su olor. Ese lunes ya no pudo llenarlo con nada. El martes, aunque no llovió, pensó en él. El miércoles se acordó de sus besos. La tarde del jueves se le hizo tan larga como la noche más oscura. El viernes lo dejó todo de lado para entregarse a la nostalgia.
El sábado encendió el móvil con la intención de llamarle y enseguida le entró su mensaje: “Ya no te echo de menos”.

Autora: Ana Tortosa


sábado, 5 de febrero de 2011

Hace dos años un 17 de enero...






Hace dos años un 17 de enero, San Antón, mi mujer me dejó por un amigo de la infancia. Acabé solo en la terraza comiendo las rosquillas azucaradas. Ese mismo día se anunció la creación del primer Maratón de la ciudad. Me decanté por correr. Decidí participar en esos cuarenta y dos kilómetros de calles vacías, y zapatillas de suela blanda. Cuando faltaban dos semanas para la carrera en una revisión de empresa me diagnosticaron una cardiopatía. Los médicos me desaconsejaron que corriese. No les hice caso, podía superar una segunda rotura de corazón. Iría a mi ritmo sin forzar más de lo necesario. A los cinco kilómetros me fije en una corredora cuyo dorsal era el PIN de mi VISA, intenté seguirla. Tras once kilómetros juntos creí enamorarme de nuevo. Aumentó su zancada y ya no la he vuelto a ver en la vida.
Autor: Jesús Cuartero


sábado, 29 de enero de 2011

LUCIÉRNAGAS






Creyeron que lo peor era ese preciso instante de estruendosa negrura cenital. Para iluminarla susurraron sus nombres con voz temblorosa, apenas audible. La palabra es candil, pero no alumbraba lo suficiente. Avivaron la llama, conatos de caricias anhelantes, gestos crispados para verse sin luz. Tacto áspero convertido en ojo. El negro es la ausencia de todo color. Entonces recordaron sus contornos: amor rosa, sexo carmesí, melancolía violeta, infancia añil, amigos naranjas, desencanto marrón, ternura magenta, despreocupación verde, fiesta amarilla. Se hicieron resistentes, tenían tiempo suficiente para narrar matices, y cada día fabricaban destellos pese a no tener ni sombra.
Arriba, en la boca de la mina, los familiares continuaban alimentando una sonda con la inmensa claridad de la esperanza.



Autora: Arqui-Loca




sábado, 22 de enero de 2011

TODO POR UNA CANCIÓN



Andreas se levantó más tarde de lo acostumbrado. Sus compañeros de infortunio que, como él, habían elegido dormitorio bajo el Pont Neuf, madrugaron mucho más y ésto le incomodó sobremanera. Se lavó junto al Sena y volvió a vestir su viejo traje raído. Había decidido gastarse las últimas monedas que rondaban por su bolsillo en un tranquilo bistró, que quedaba cerca de Ópera, pero no para comer sino para entonar su destartalado cuerpecillo con un acertado pastisse. De camino por Concordia, las personas trajeadas le miraban de arriba abajo, con repugnancia, pero algo había llamado poderosamente la atención de Andreas, impidiéndole pensar en devolver esas miradas de desaprobación. Una música nacida en la caja de un violonchelo, atraía a Andreas como una flauta a las ratas de su calaña y no podía evitar que sus pasos, más o menos certeros, se dirigieran hacia el músico callejero. Aquel músico interpretaba una melodía francesa que Andreas solía bailar con mujeres bellas, cuando el tiempo todavía no había malogrado su semblante. El hombre interpretaba la canción con tanta pasión, que parecía jugarse la vida en ello y probablemente su cena la conformaba las pocas monedas que ocupaban su cestillo. Así, al compás de “Comme d’habitude”, Andreas sintió algo que hacía mucho tiempo no notaba, una especie de latido revitalizante que dirigió sus pasos hacia el músico, su mano al bolsillo y las pocas monedas que tenía, al cestillo del violonchelista callejero. Aquel día, Andreas no se emborrachó, pero durmió feliz, recontando los recuerdos de juventud que aquella música había pintado en su memoria.

Dedicado a la figura de Andreas, del relato “La leyenda del Santo bebedor” (Joseph Roth)



Autor: Marcos Callau






sábado, 15 de enero de 2011

CAMBIAR DE VIDA





El teléfono estaba abandonado sobre el banco de madera del vestuario. Cuando he salido de la ducha, ya no quedaba nadie. El altavoz anunciaba que el gimnasio cerraba en diez minutos. Así que me he dado prisa en vestirme, aún a medio secar, pensando en si la dueña del móvil alcanzaría a regresar a buscarlo. Es imposible que no se dé cuenta, me decía, de que lo ha perdido. Si suena, lo cojo, y a quien llame le digo que le avise de que lo dejo en recepción. No, no lo cojo, aunque suene, no llamo a ningún número de la agenda para que le digan, lo dejo en recepción y basta, a mi qué me importa si se da cuenta o no. Ya lo buscará.. La noche es cálida, pero el pelo mojado me hace sentir un poco de fresco al salir a la calle. Un poco más y no me doy cuenta de lo que en realidad estaba pasando. Pero al fin había llegado a tiempo de cambiar el móvil abandonado en el banco por el mío, justo unos segundos antes de que desde el baño hubiera oído a la otra, que ya ha empezado a ser yo, entrar en el vestuario apresuradamente y coger mi teléfono que he dejado en el banco blanco de madera, llevándome el suyo. En la misma puerta del gimnasio he sabido que ahora me llamo Laura. Me gusta. Y la voz de mi nuevo novio, también. Mañana he quedado a la salida del gimnasio con él. Así me acompañará a casa y sabré dónde vivo y poco a poco mi vida y la de ella cambiarán.





Autora: Luisa Miñana




sábado, 8 de enero de 2011

JUSTICIA





Lamentarán el error del año pasado. Tenían la sesión aquella misma tarde, la que aceptaron a cambio de disminuir condena. A través de aquel cristal pude asistir al momento en el que el psiquiatra tuvo que detener la hipnosis, el corazón empezaba a fallarles entre terribles convulsiones y gritos de dolor. Ahora ya saben lo que es perder a un hijo.




Autora: Isabel González



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