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sábado, 5 de febrero de 2011

Hace dos años un 17 de enero...






Hace dos años un 17 de enero, San Antón, mi mujer me dejó por un amigo de la infancia. Acabé solo en la terraza comiendo las rosquillas azucaradas. Ese mismo día se anunció la creación del primer Maratón de la ciudad. Me decanté por correr. Decidí participar en esos cuarenta y dos kilómetros de calles vacías, y zapatillas de suela blanda. Cuando faltaban dos semanas para la carrera en una revisión de empresa me diagnosticaron una cardiopatía. Los médicos me desaconsejaron que corriese. No les hice caso, podía superar una segunda rotura de corazón. Iría a mi ritmo sin forzar más de lo necesario. A los cinco kilómetros me fije en una corredora cuyo dorsal era el PIN de mi VISA, intenté seguirla. Tras once kilómetros juntos creí enamorarme de nuevo. Aumentó su zancada y ya no la he vuelto a ver en la vida.
Autor: Jesús Cuartero


sábado, 5 de junio de 2010

CENIZAS




Cada vez que me monto en el 40 me acuerdo de la noche que depositamos tus cenizas en la fuente de la Plaza España. No me puedo olvidar del momento en que me pediste que ejecutase tu última voluntad. No me extrañó tanto el lugar como que fuese precisamente yo el elegido. Siempre me habías dicho que si hubieses sido de familia bien o te hubiese tocado la Primitiva te hubieras comprado un apartamento en el edificio de la cúpula del Banco Zaragozano. Recuerdo que me llamaste por teléfono y pensaba que querías quedar conmigo para darme una paliza por haberme casado con Paula. Me juraste que hacía por lo menos dos años que ya no te apetecía partirme la cara, aún así acudí a la defensiva e intenté no darte la espalda en ningún instante.
Me dijiste –Carlos, me muero entre Paula y tú me habéis destrozado el alma y jodido la sangre.
No me creí ni una sola palabra de lo que me contabas sobre la leucemia y la quimioterapia. Me hiciste prometerte que esparciría tus cenizas en la fuente de la Plaza España. Yo por librarme de ti te dije que sí. No te fiabas de mí, claro está que después de lo de Paula no me extrañaba. Me hiciste firmar en una servilleta de los Espumosos que acataría lo que me legases en tu testamento.
A los tres meses vino a casa un notario que tenía su despacho en la Avenida Madrid. Me entregó una urna rococó con tus restos, un bulldog francés que se llamaba Nunca y una fecha en la que Paula y yo debíamos verter tus cenizas en la fuente. La noche que lo hicimos volvimos por los porches del Paseo Independencia sin hablarnos, sin apenas mirarnos a la cara. Ahora que voy en el 40 me acuerdo de ti y pienso en que al llegar a casa tengo que sacar a pasear el perro. Ni muerto has salido de nuestra vida.



Autor : Jesús Cuartero



sábado, 15 de mayo de 2010

TENEMOS QUE HABLAR







La operación había sido un éxito. Se trataba de una operación sencilla, bastaba con extirpar un par de nódulos de las cuerdas vocales. Nada grave según le habían advertido antes de que la anestesiaran. Laura odiaba los hospitales, en concreto el Miguel Servet, los profesionales que vestían batas blancas, las series de televisión en las que aparecían médicos, el olor aséptico que impregnaba las habitaciones y sobre todo detestaba el verde de los camisones de la Seguridad Social.

El postoperatorio era indoloro, debía abstenerse de hablar una sola palabra en dos semanas y de cantar durante unos meses. Lo de cantar le traía sin cuidado, pero lo de hablar era un asunto más delicado. Su rutina apenas tenía momentos de silencio. Necesitaba comunicarse de una manera continua, expresar su opinión sobre cada asunto que captaba su atención aunque no le hubiesen preguntado. Para mitigar la frustración de no poder comunicarse se había comprado una imitación de pizarra Vileda y un rotulador, de los que se borran al pasar un trapito por encima, en una tienda de chinos del barrio de las Delicias. Mientras duraron los efectos de la anestesia soñó cuales iban a ser las primeras palabras que escribiría en la superficie blanca de la pizarra. Se despertó y vio a sus padres y a su novio Miguel que llevaba en las manos un ramo de flores caras. Levantó el pulgar para hacerles saber que se encontraba bien. Le preguntaron varios detalles de la operación de los que no tenía ni idea, parece mentira que no tuviesen en cuenta que ella había estado dormida bajo los efectos de los anestésicos. Contestaba obviedades con buena letra, a cada pregunta su caligrafía empeoraba. A los diez minutos comenzaron las llamadas de teléfono a los móviles de sus parientes para interesarse por su estado de salud. Oía las respuestas que daban y le resultaba extraño que hablasen por ella y diesen una serie de detalles que estaba segura no había explicado en la pizarra que había comprado en los chinos. De repente Miguel le pasó su teléfono:



Es Noelia. Quiere saludarte y desearte que te recuperes lo más rápido posible-.



Laura puso cara de ¿Para qué me pasas una llamada? No ves que me acaban de operar. Cogió el móvil y escuchó en silencio



-Hola Laura, soy Noelia. Me da la impresión de estar hablándole a un contestador automático, la ventaja es que no se va a quedar grabado lo que te tengo que contar. Miguel y yo tenemos una aventura. No te ha dejado por lo de la operación pero cuando recuperes el habla se irá. Qué te mejores-.




Laura intentó contestar, insultar a Noelia y al mismo tiempo destrozar el ramo de flores caras que había comprado Miguel. No hizo nada,sabía que si forzaba la voz podía perder el habla para siempre y la necesitaba para pedir muchas explicaciones en quince días. Miguel, ajeno a la información que le habían ofrecido, se acercó a recoger su móvil. Laura lo miró con ojos de recién operada y escribió en la pizarra: No sabes las ganas que tengo de decirte un par de cosas al oído.


Autor: Jesús Cuartero




viernes, 23 de abril de 2010

THE WINE LOVERS





Cuando Sonia se enteró que su marido le engañaba volvió a fumar. Hacía más de ocho años que se había terminado el último cigarrillo de una cajetilla de Royal Crown, todavía no incluía el anuncio que advertía que la nicotina puede ser perjudicial para la salud. Por el contrario cuando descubrí que Elisa me era infiel no volví a fumar, no lo había dejado nunca. A mí me dio por un deseo irrefrenable de pagarle con su misma moneda, de coleccionar amantes como quien colecciona sellos sin interés y los almacena desordenados en cajas de zapatos. Mi trabajo como representante me otorgaba libertad para la nueva afición. Confirmé lo que todo el mundo sospecha, Internet es el paraíso de los adúlteros. Bajaron mis ventas, pero no podía dejar esos encuentros ocasionales. Utilizaba el sexo como Sonia utilizaba el tabaco. Exprimía a mis contactos, calada a calada, hasta tirar las colillas donde cayesen, el garaje de una urbanización a las afueras, en un cercanías en el que no iba la calefacción o en los baños de un cine de reposiciones que olían a eucalipto.

Tras unos meses, el proceso de infidelidad se frenó. Se podría decir que comencé una relación estable con una protésico dental, que por deformación profesional tenía la sonrisa más bonita que he visto nunca. En alguno de sus días libres me acompañaba en mis viajes. Me gustaba contemplar el reflejo de su sonrisa en los espejos retrovisores. En una de nuestras escapadas aprovechamos que debía cerrar varios negocios por el Norte para visitar una bodega centenaria en Haro. La visita fue un auténtico coñazo, el guía se alargaba en explicaciones que no me importaban lo más mínimo. Sólo deseaba que terminase para poder pasar a la degustación de un par de vinos al final del recorrido por la bodega e irnos al hotel que había pagado con la Visa de la empresa. Para colmo había varios americanos que no dejaban de hacer fotografías y que esperaban una versión en inglés de las palabras del guía, lo que todavía hizo más tedioso el paseo entre barricas y tanques de fermentación. Dos horas después, llegamos a la sala de catas donde nos tomamos una copa y brindamos por algún motivo que he olvidado, pero que en esos momentos sería lo más importante del universo. Una de las americanas que llevaba una cámara que debía costar un riñón nos pidió permiso para sacarnos una foto. Consentimos, posamos como si fuese la primera foto que nos hacían juntos, de hecho fue la primera y única fotografía en la que aparecemos los dos.

Con el tiempo sucedieron dos cosas que cambiaron mi vida. La protésico dental se lió con un dentista y yo me reconcilié con mi mujer. De manera tácita ninguno de los dos reconoció que había mantenido una vida afectiva paralela. Todo funcionaba como antes, hasta que el Museo Reina Sofía programó una exposición retrospectiva de la fotógrafa Annie Leibovitz. En el cartel anunciador se apreciaba, a través del cristal de una copa de vino, a una pareja mirándose a los ojos. Se distinguía su sonrisa y mi perfil. En la fachada del Hospital de San Carlos cuelga una imagen nuestra de cuatro metros. Annie Leibovitz tituló a la perfección “The Wine Lovers”.





Autor: Jesús Cuartero


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