Colaboradores

BUZÓN

Enviad vuestros relatos para que la biblioteca crezca

fsabadia@live.com
Mostrando entradas con la etiqueta MARCOS CALLAU VICENTE. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta MARCOS CALLAU VICENTE. Mostrar todas las entradas

sábado, 22 de enero de 2011

TODO POR UNA CANCIÓN



Andreas se levantó más tarde de lo acostumbrado. Sus compañeros de infortunio que, como él, habían elegido dormitorio bajo el Pont Neuf, madrugaron mucho más y ésto le incomodó sobremanera. Se lavó junto al Sena y volvió a vestir su viejo traje raído. Había decidido gastarse las últimas monedas que rondaban por su bolsillo en un tranquilo bistró, que quedaba cerca de Ópera, pero no para comer sino para entonar su destartalado cuerpecillo con un acertado pastisse. De camino por Concordia, las personas trajeadas le miraban de arriba abajo, con repugnancia, pero algo había llamado poderosamente la atención de Andreas, impidiéndole pensar en devolver esas miradas de desaprobación. Una música nacida en la caja de un violonchelo, atraía a Andreas como una flauta a las ratas de su calaña y no podía evitar que sus pasos, más o menos certeros, se dirigieran hacia el músico callejero. Aquel músico interpretaba una melodía francesa que Andreas solía bailar con mujeres bellas, cuando el tiempo todavía no había malogrado su semblante. El hombre interpretaba la canción con tanta pasión, que parecía jugarse la vida en ello y probablemente su cena la conformaba las pocas monedas que ocupaban su cestillo. Así, al compás de “Comme d’habitude”, Andreas sintió algo que hacía mucho tiempo no notaba, una especie de latido revitalizante que dirigió sus pasos hacia el músico, su mano al bolsillo y las pocas monedas que tenía, al cestillo del violonchelista callejero. Aquel día, Andreas no se emborrachó, pero durmió feliz, recontando los recuerdos de juventud que aquella música había pintado en su memoria.

Dedicado a la figura de Andreas, del relato “La leyenda del Santo bebedor” (Joseph Roth)



Autor: Marcos Callau






sábado, 20 de noviembre de 2010

AROMAS





El paisaje se atropellaba fugaz a través de la ventanilla del tren. Así mismo se sucedían los recuerdos en la mente de Bruno que, en silencio, seguía maravillado pensando en lo real que parecía Elena en su ausencia. Recordaba el olor de su piel, su sabor y cómo todos los días, al acostarse sin ella, en las manos aún guardaba un rumor de su perfume. El viaje había sido preparado para dos pero Bruno tragaba kilómetros de vía absurda con una butaca vacía a su lado y un billete de ida quemándose en su bolsillo. Siempre que el tren se sumergía en la espesa negrura de un túnel la mente de Bruno se fundía en ese insólito momento en que Elena no apareció por la estación. Al salir del túnel la estación se desvanecía y daba paso a la realidad. En el móvil temblaba el mensaje de un buen amigo:“No te emborraches que estás en una ciudad desconocida”, rezaba.

Una vez en la ciudad desconocida, Bruno se dirigió al Hotel de lujo y se perdió en la inmensidad de una cama de matrimonio. A pesar de todo se comportó como un turista. Visitando monumentos y conociendo el lugar consiguió sobrevivir a la soledad. Pero fue en su último día de estancia en aquella ciudad cuando, sin saber por qué, el perfume de Elena invadió completamente la calle por donde paseaba. Fue tan real que hasta le pareció verla. En ese preciso instante Bruno se giró y gritó su nombre. La calle, sin embargo, seguía vacía y las paredes grises hicieron rebotar su grito de forma despiadada. Efectivamente, podría haber sido ella que llegaba tarde a su cita pero que llegaba finalmente. Pero no. Sólo fue el viento que, apiadándose de Bruno, envolvió en sus brazos un último beso que ella estaba regalando a kilómetros de distancia. Bruno nunca consiguió olvidar esa calle ni ese último encuentro.



Autor: Marcos Callau



sábado, 1 de mayo de 2010

BAJO LA LLUVIA









Esta ciudad donde nací no tiene mar y tampoco tiene puerto, sin embargo aquí todos somos marinos expertos; veleros que se pierden en un océano incierto para encallar en inciertas pasiones, ansiones que mueren en ese mar muerto. Algunos son poetas olvidados, otros son profetas exiliados y los que más intentamos pasar abandonados y desapercibidos dejándonos llevar por la corriente. Yo siempre fui barquita a la deriva hasta que una noche estalló una amarga tempestad que me quiso extraviar. Recuerdo un día gris en que el cierzo se detuvo por cortesía para dejar a las plomizas nubes descargar su mortal lluvia de plomo. Yo paseaba con mi chica por la Calle Alfonso cuando estalló la tormenta en su mirada, ese océano que hasta entonces había guiado mi travesía. En ese momento saqué un paraguas del bolsillo bajo el que nos resguardamos pero entonces ella olvidó proteger mi endeble corazón mientras sus frías olas brotaban de su boca y golpeaban sin remedio los arrecifes de sus labios. Así, bajo el paraguas y habiendo llegado al buen puerto de su barrio, me dio lo que ella bautizó “el último beso”. Salió de debajo del paraguas y se desvaneció en la cortina de humo de los coches, de los recuerdos y la lluvia. No recuerdo demasiado del resto de aquella lluviosa noche. Aunque la busqué no encontré luna alguna en el negro satén de la madrugada, tan sólo relucía en el recuerdo de sus pupilas. Recuerdo una botella, una última canción y una barra de bar que hacía las veces de astillero para barcos borrachos como yo. Tambaleándome volví a zarpar por el océano nocturno hacia el negro río que en su murmullo indiscreto parecía cantar su nombre y, como quien busca un lugar para descansar, recuerdo que navegué hacia la otra orilla. Entre las destartaladas casas del arrabal creí encontrarme perdido en ciudad extraña pero fue allí donde en esta misma ciudad de exiliados profetas y olvidados poetas decidí ser un descarriado escultor, forjador de sueños en lugar de palabras. Allí, clavado en mitad de la noche más aciaga, ví brillar la torre de La Seo como un faro en medio del caótico océano y su luz me guió en el viaje de vuelta a casa. A partir de entonces no esculpí nada bueno ni digno de rescatar aquí hasta que un buen día, recordando aquél último diluvio, se me ocurrió representar a dos amantes caminando abrazados bajo un paraguas resguardándose de sus propios peligros. Hoy mi obra está emplazada en un destacado lugar del Paseo de la Constitución y así, cada vez que mi amada lo vea, sabrá que aquél último beso nunca existió; comprenderá que no tengo cincel para esculpir un último momento con ella, que la lluvia borró esa penúltima tormenta que asomó a nuestros labios.

Autor: Marcos Callau


sábado, 27 de febrero de 2010

A LA LUZ DEL FLEXO







Nunca debí escapar de sus brazos, ni marchar de esas manos que me entendían y sabían acariciarme como yo quiero, nunca debí huir de aquél que me supo valorar. Pero así soy yo, siempre tan valiente y sin miedo a nada. Quería probar emociones nuevas y un nuevo estilo más acorde con estos tiempos, el viejo ya me tenía aburrida siempre empezando cosas que nunca llegaba a terminar. Una se cansa y se deja llevar por el instinto, por el primero que pasa y te engatusa con sus ganas de tocarte. Me olvidé del pasado, de todos los sentimientos y despojada de ellos aposté por una nueva vida con la promesa de nunca más volver la vista atrás. Después de todo, el cementerio está lleno de estatuas de sal demasiado sentimentales. Yo sólo pensé en avanzar, avanzar y seguir avanzando al ritmo que marcaba mi nuevo dueño. Seguí avanzando ciegamente hasta tropezar con el día de hoy que me encuentro aquí conmigo misma, pensando si realmente todo esto ha servido para algo o simplemente ha sido pura autodestrucción. Mientras mi amante anterior se acercaba a mí con suavidad, éste me posee brutalmente… aunque yo no quiera. Mientras uno me acariciaba con delicadeza, éste me pulsa a golpes, me aporrea y me maltrata. Esta noche, a la luz del flexo, sólo soy una vieja y seca máquina de escribir de segunda mano soñando con que regrese mi antiguo poeta.


Autor: Marcos Callau Vicente


sábado, 31 de octubre de 2009

CEGADO POR TU AUSENCIA







Tanto tiempo mirando el mundo a través de tus ojos y ahora, de repente, me dejas ciego. Acostumbrado a ver las cosas como tú, a pensar como tú, a contar con tu opinión, ahora soy un ser inerte que no ve, no piensa, no opina porque no te tengo iluminándome el camino. Creo que estoy clavado en la más absoluta nada y despertando a golpes por una melodía que me recuerda a ti o por una expresión que decías tantas veces que creo seguir oyéndola en tu voz aunque la pronuncien otros labios. Son destellos que me activan como un chispazo y me convierto en un robot que renace y sonríe, y comienzo a hacer planes contigo hasta que llego al límite en que me pego un golpetazo contra el muro de tu ausencia. Vuelvo a caer y ya no me puedo reponer porque no veo pero tampoco quiero ver, porque aunque brilla el sol no para de llover. Ahora despierto y parece que no existe el amanecer, que ya no tengo nada que hacer. Realmente no tengo nada y trabajo por costumbre, por sobrevivir al sin vivir de no vivir sin tu vida. Ayer era lunes, un día señalado en el que solíamos juntarnos para pasear. Como un loco anduve por la senda por la que tú sonreías cogida de mi mano, por el puente donde brillaban tus ojos más que las estrellas. Sopló un viento fuerte y, no me preguntes cómo, pero me trajo tu inconfundible aroma, irresistible fragancia que aún puedo notar en los sueños. Me di la vuelta pero no estabas, en tu lugar sólo había un campo lleno de flores. Aquélla noche me dormí desacostumbradamente temprano tras el ritual de besar tu fotografía. A las tres de la madrugada, súbitamente me desperté y creí que tu pelo acariciaba mi cara, creí sentir la suavidad de tu piel de seda y el sabor de tus labios de nuevo en los míos. Abrí los ojos pero no estabas, en tu lugar sólo había vacío. Entonces me di cuenta de que tu vacío me aterra y sentí que quería marcharme contigo. Cuando recobre mi ritmo respiratorio normal volví a caer, ésta vez, en un sueño más profundo con el deseo de volver a soñar contigo. Al despertar, una gran luz lo invadía todo… una gran luz que me cegaba y me transportaba a algún lugar. Al final de ese gran túnel luminoso estabas tú.





Autor: Marcos Callau Vicente




domingo, 26 de julio de 2009

LA LUZ ROJA





La luz roja se encendió e hizo desaparecer todo el tráfico estancado que rodeaba el coche donde estábamos tú y yo. El insolente murmullo de la muchedumbre se silenció y la ciudad gris se desvaneció en un beso que detuvo el tiempo. Pero ese carmín que sus labios no necesitan, por desgracia, siempre acaba cambiando al verde. Si yo fuera "semaforista" trucaría todos los semáforos de la ciudad para que siempre se estancaran en el color de sus labios y besarnos así eternamente. Pero, ¿qué puedo hacer yo?. El verde cruel siempre dura mucho más que el rojo de la pasión y nunca tengo tiempo en ese pequeño alto del camino de demostrarle todo lo que ella significa para mí. En cualquier caso es cierto que la sangre siempre deja más huella que cualquier otra mancha, aunque sólo dure un suspiro. La mancha verde, ésta vez, no es de verde esperanza sino verde de tu marcha. Si yo te diera verde algún día sería el verde mágico de la esperanza, color irlandés de una colina de Galway bañada por el sol. Pero volvámos al color encarnado que lo detiene todo, que me da luz verde hacia tus sentidos y se convierte en destellos de luz en nuestras vidas, que nos permite ser felíces y libres por unos segundos. Momentos breves pero imborrables que son huellas en nuestro corazón sin marea que las haga desaparecer porque el único mar que baña mi vida eres tú, oleaje que viene y se va dejando todos sus sedimentos en la arena de mi memoria. En rojo nos amamos apresuradamente y con prisas porque no tenemos tiempo para más. Luego llega ese triste naranja intermitente que anuncia tu marcha con su tic-tac de reloj despiadado. Se enciende y se apaga, viene y va, como los momentos buenos en mi vida, como la luz azulada y llorosa de un neón chisporroteando de dolor. Te veo marchar de nuevo y me quedo en la pena del verde mirando al negro de tu ausencia donde debe aparecer el rojo que me devuelva tu presencia".



Autor : Marcos Callau Vicente


martes, 9 de junio de 2009

ADIÓS HIPERBREVE (98 PALABRAS)






Trece de abril, el silencio al fin se rompió en un frío mensaje con el que pretendía terminar una gran historia. Yo decidí hacer la despedida más cálida, así que la llamé. Me descolgaron el teléfono pero me llevé una sorpresa al ver que ya no era ella la que hablaba. Un ventrílocuo dirigía desde la sombra a una muñeca que sólo movía los labios. Fue amargo escucharle decir cosas que nunca sintió al amor de una y mil vidas. Fue triste acabar una historia teniéndole que decir adiós a una marioneta de trapo con el alma robada.




Autor : Marcos Callau Vicente




Seguidores

Todas las fotos son de internet