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BUZÓN

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sábado, 16 de abril de 2011

SOLOS



La busco al inicio de cada primavera. Llego aquí cada día y la observo. Aparece detrás del cristal de su ventana y se queda quieta para no asustarme. No sabe que nunca me iría, ni aunque hiciera un gesto brusco, ni aunque subiera el volumen de la música que escapa fuera cuando abre de par en par las tardes de verano. Me mira y hago como que estoy distraído, pero yo también la miro de reojo. Me gusta su pelo. Me recuerda a un buen nido. Siempre hay un instante en el que nos encontramos, en ese punto preciso en el que se cruzan nuestras miradas. Ella pensará que parece que la miro. Apenas sabe nada de mí. Hoy sabe algo más. Sabe que he venido solo, por primera vez en todos estos años, y por eso aún sigue ahí: para acompañarme. Apenas sé nada de ella. Hoy sé algo más: está sola por primera vez en todos estos años. Como yo. Lo noto en su pelo descuidado y en sus ojos tristes, y en que intuyo que no se quitará de la ventana hasta que yo me vaya. Ni un segundo antes. No quiero irme, pero la noto cansada. Vuelo lejos de ella y me llevo su soledad. Ella se queda con la mía. Mañana ya no estaremos solos.

Autora: Ana Tortosa






sábado, 9 de abril de 2011

LA INSOLENTE ASIMETRÍA



Almudena tenía un pecho más grande que el otro. Más grande o que le colgaba un poco más, al cabo da lo mismo. En eso éramos parejos: mi testículo izquierdo es más largo que el derecho. A mí esa cualidad compartida me hacía gracia y le decía que parecíamos dos seres deformes y malditos obligados a vivir al margen de la sociedad. Ella me contestaba que eso sería cierto en el caso de que fuésemos desnudos por la calle, porque vestidos nadie podía advertir nuestros defectos físicos. Pues salgamos desnudos a la calle, le decía yo un poco para provocarla, y exhibámonos sin recato orgullosos de lo que somos, dos seres imperfectos en un mundo homogéneo, metódico, exacto. Pero ¿no te acuerdas de la última vez que lo hicimos?, me respondía ella. Claro que me acuerdo, le decía yo, por eso mismo te lo digo. ¿Pero es que acaso te has olvidado de la envidia mezquina de sus ojos, de aquel horror esclerotizado anidando en sus rostros, del miedo inveterado que gobernaba sus gestos?, insistía ella. Sí, claro que me acuerdo, respondía yo, por eso te lo digo precisamente. Pero ella no se daba por vencida: ¿Se te ha olvidado cómo supuraban sus babas fétidas y espumosas a nuestro paso, su aliento corrompido por la rabia, la hilada de escamas que se desprendía de sus torsos? ¿No recuerdas con qué afán trataban de tocar nuestros miembros inauditos, nuestros aún hermosos cabellos negros, la impúdica tersura de nuestra piel? ¿Ya no te acuerdas de cómo arrastraban sus cuerpos sedientos de vida, cómo lloraban anhelando lo que quizá una vez fueron, cómo imploraban nuestra lástima y nuestra compasión? ¿Acaso ya no sientes aquel amargo llanto por lo perdido, por lo ido, por lo ya para siempre irrecuperable? Entonces yo le miraba el seno más grande, o el más caído, al cabo da lo mismo, y trataba de imaginarlo túrgido como una fruta jugosa, rebosante como un odre de miel. Pero siempre se cruzaba ante mis ojos la herida cada vez más purulenta de su brazo, la lenta descomposición de su costado, la violenta invasión de sus estrías, y me decía que al fin y al cabo la imperfección es hermosa, que no hay mácula que no contribuya a mejorar el conjunto, que en realidad todos estamos hechos de una amalgama de imperfecciones. Era en ese instante cuando la quería con más fuerza, con más ímpetu, cuando la deseaba con más ardor. Y también cuando mi testículo caído se endurecía como una nuez hasta quedar igualado con el otro, el más enhiesto, hasta alcanzar una perfecta, intachable, casi insolente simetría.








Autor: Carlos Manzano







sábado, 2 de abril de 2011

VACÍO ENVASADO








El viernes salí con mis amigas. Cuando regresé a casa mi marido estaba achicharrando en el horno una pizza precocinada, la cena que las niñas han establecido para ese día. Un bocado insulso y seco, que apenas se podía tragar sin acompañarlo de líquido para ayudarlo a discurrir por el tubo digestivo. De haber intentado adivinar y describir a ciegas qué estaba comiendo, salvo un ligero y lejano sabor a pan requemado todo lo demás habría sido como definir la nada masticable y dura. Mientras intentaba deglutir esta nada, pregunté a mi marido qué tal el día. El respondió con monosílaba aspereza, entonces, de repente supe a qué sabía la cena. La pizza de los viernes sabía a matrimonio. Cuando terminé salí a la cocina a tirar los restos, entonces observé el envoltorio en la basura, comprobé que estaba caducada.




Autora: Arqui-Loca






sábado, 26 de marzo de 2011

EN(H)ER(B)VADO







Vengo fumao porque así la sangre circula más lenta. Y las rodillas me hacen cosquillas. Y me pareces más guapa. Aunque ya te follaré mañana porque hoy sólo puedo reír. Te ves tan graciosa mirándome así. No te asustes, mujer, sólo es oca... ocasional. Sí. Por eso voy de lao. Porque ya no fumo nunca. ¿No lo ves? Tú tendrías que probarlo también. A lo mejor te corrías por fin. Te soltabas de una puta vez. Y me soltabas a mí también. Y todos sueltos correríamos desnudos. Cuando venía he visto un árbol que tenía ojos. La naturaleza nos habla, amorcito. ¿No crees que todo está conectado?




Autora: Carlota Ex-nihilo




sábado, 19 de marzo de 2011

UN RAYO DE LUNA







Un rayo de luna perdido en la noche realza el contorno de todas las cosas, rayos de sombra, como hilos azules de hielo glacial, invaden espacios con furtivo resplandor.
Guarda silencio la oscuridad ante la pupila del tiempo, mientras la nada habita bajo
tus dedos y te preguntas qué hacer cuando la chispa lunar revela la belleza del morir.




Autora: Doberka




sábado, 12 de marzo de 2011

SOBRESALTO





Solo se oían en el bosque unos gemidos ahogados de algo que corría. Dos sombras zigzagueaban por los árboles levantando las hojas a su paso. Cuando llegó al fondo de su guarida, el lobo, por fin, descansó. Mientras recuperaba el aliento, sintió, aterrado, en la nuca, el de la deliciosa niña roja que pensaba merendarse.





Autora: Belén Inred


sábado, 5 de marzo de 2011

LA VIE EN ROSE








Puso el viejo vinilo en el giradiscos, no sin antes limpiar el polvo acumulado desde la última vez.
Él Se agarró a su talle, y ella a sus hombros. En esa posición la vida se detenía.
Bailaron durante poco mas de tres minutos, pero durante ese tiempo, solo con su mirada primero, y los ojos cerrados mientras danzaban, se dijeron lo que en treinta años de convivencia se decían todos los días. Sin palabras.
Y es que, para celebrar su aniversario, desde el día que se prometieron amor eterno, se dedicaban unos minutos para rememorar que la vida tenía sentido mientras se tuvieran el uno al otro. Mientras hubiese cariño, una caricia, un beso o un roce que les recordase que no había nadie mas feliz.
La vida era de color rosa un día al año al menos.

Autor: Gabriel del Molino


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