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domingo, 18 de octubre de 2009

LA MIRADA ROTA





El último domingo de Mayo se presentaba especialmente caluroso, el verano asomaba a la ventana dejando muy atrás los rastros de la primavera. Unos niños montaban en bicicleta dando vueltas alrededor de los jardines, ajenos a cualquier realidad que no fuesen sus risas y juegos.
Sentadas en el banco de piedra que rodeaba el parque, el sol caía con fuerza justo encima de ellas, sin piedad, machacando la piel de las dos mujeres mientras la humedad brotaba de sus poros.

Había desayunado, si a una taza de café negro suavizada con unas gotas de edulcorante se le puede llamar desayuno, y según recordaba, un pedacito de queso la noche antes, mientras preparaba la cena de los niños tampoco le llenó el estómago. Después de semanas de dieta había dejado de sentir hambre, no había sacrificio que se llamara tal si conseguía bajar otro kilo.

Mientras su cuñada no dejaba de parlotear sobre el parto de la perrita del vecino contando con todo lujo de detalles el alumbramiento, Ana sintió nauseas y un sudor frío que subía de su vientre hasta su cara.

En cuestión de segundos el sol se tornó gris y un vértigo la cubrió de ansiedad, hizo ademán de levantarse para ir debajo de unos árboles que regalaban una sombra al camino, quizás allí encontrara un poco de fresco, supo que si lo intentaba no conseguiría dar más de dos pasos y desechó la idea al momento.
Sintió como se cerraba su garganta casi sin dejarle aliento para respirar, imposible luchar contra la fuerza que se cernía sobre ella mientras la agonía le arrebataba la consciencia, sin poder hacer otra cosa que dejarse llevar se desplomó, la espesura la elevó y sintió flotar su cuerpo mientras una venda negra cubría sus ojos de nada.

Dos años después su hijo pequeño aún le dice; “mamá, recuerdas cuando te desmayaste por no comer”.




Autora : Victoria Salgado




5 comentarios:

Victoria Salgado dijo...

Gracias, Fernando, por dejarme poner en tu espacio las letras de mi mirada rota

Con cariño, un beso

Dana Andrews dijo...

El final es todo un alivio. Muy buen texto y muy apropiado para los tiempos que corren. Me ha guistado cómo describes la pérdida de consciencia

Amapola dijo...

La mirada rota de sus seres queridos que veian por instantes como la perdían,no sé quien pudo pasarlo peor ese día, si la mujer que perdía la consciencia viendo el cielo pintarse de gris o la mujer que estaba a su lado que vio como se tornaba el día soleado en la más oscura noche cerrada.
Un beso y gracias porque relatos como estos nos hacen recapacitar de lo que verdaderamente es importante.
Un beso.

Laura Gómez Recas dijo...

Un escalofrío es una respuesta muy material a la lectura del relato. Solo eso ya es un indicio de lo bien llevado que está.

Consigues volcar al lector sobre el cuerpo de la protagonista, después de entretenerlo en el primer párrafo con la introducción. El final: es un suspiro.

Felicidades.
Laura

marea@ dijo...

Después de la angustia, llega el final feliz... menos mal.... un saludo.

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