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sábado, 16 de octubre de 2010

EL CATALEJO






Un fugaz haz de luz iluminaba la habitación, proyectando duras sombras sobre las paredes; la multitud de enseres que se hallaban esparcidos por todas partes daban a aquel antro un aspecto lúgubre y casi fantasmagórico. Después de largo tiempo aprovechó aquel verano para visitar la abandonada casa solariega de sus abuelos. Era una construcción sencilla de dos plantas con buhardilla. En su desván solía pasar ratos maravillosos en los veranos de su infancia jugando y revolviendo entre los trastos que allí se amontonaban en anárquico desorden. La única claridad le llegaba por un ventanuco de madera hinchada y carcomida por los años, que crujía como si se quejara cada vez que se la abría. En el fondo de un viejo arcón de madera había, entre otros objetos, un catalejo de latón, una brújula de barco y un curioso astrolabio. Ponía una mesa boca abajo, ataba un rapo negro a una de sus patas y armado de una oxidada espada recorría los mares y océanos en busca del botín de algún antiguo corsario. Con el mapa de una isla desierta y una cruz en rojo que marcaba el lugar donde llevaría escondido desde antiguo el fantástico tesoro de algún malogrado capitán pirata, se hacía a la mar para vivir mil y una aventuras.
Dando rienda suelta a su imaginación y atiborrándose de fabulosas historias infantiles que devoraba con avidez desmedida, pasaba las tardes verano jugando en aquel trastero que tan pronto era bodega de barco, océano embravecido o perdida isla llena de peligros.
—¡Vamos, marineros de agua dulce! ¡Soltad amarras, levad el ancla ¡Aunque tengamos que surcar los siete mares y afrontar mil peligros, el tesoro del capitán Cook será nuestra recompensa!
Pero no fue ese tesoro el que tuvo la suerte de encontrar. En un rincón del revuelto desván, medio oculto entre un montón de trastos, vio
un pequeño baúl de mimbre que pensó le serviría como cofre del botín en
sus imaginarias travesías por ignotos parajes. Al abrirlo descubrió el mejor tesoro que nunca hubiera imaginado. El cesto estaba repleto hasta los bordes de una multitud de tebeos e historietas, que harían sus delicias en aquellas tardes veraniegas y llenarían su cabeza de maravillosas e inimaginables fechorías. Desde entonces en aquella estancia se mezclaron, entre otras, las hazañas de "El Capitán Trueno", "El Jabato", "El Guerrero del Antifaz" y "Roberto Alcázar y Pedrín" entre otros. Todos sus personajes, en tropel algarabía, desfilaban por su mente infantil viviendo con ellos arriesgadas e inverosímiles aventuras.
Cuando abrió el ventanuco volvió a chirriar de nuevo, como entonces, en lo que a él le pareció un quejido lastimero por haberse atrevido a despertarlo del insondable sueño de los años. Alguno de los objetos que retenía en su memoria desde siempre habían desaparecido, como el baúl de los tebeos o la mesa sobre la que navegara en sus aventuras. Tampoco pudo encontrar la brújula ni el astrolabio. Sólo el catalejo de latón, lo cogió entre sus manos con cuidado como si hubiera hecho el mayor de los hallazgos y acarició su pulida superficie con nostalgia como queriendo extraer de él jirones de su infancia. Intentó desplegarlo, pero estaba atascado y, al forzarlo, se abrió en dos partes dejando caer al suelo un papel apergaminado. Se trataba de una carta en cuyo interior había una antigua fotografía de un joven ataviado con e1 típico uniforme a rayas de los soldados de la guerra de Cuba. Después de mirar atentamente la fotografía, pasó a su lectura, cuyo contenido transcribo a continuación:
Barcelona 17 de agosto del 1896
Mi querida Sara:
Cuando recibas esta carta ya estaré lejos, pues esta misma noche embarco rumbo a La Habana. No me da miedo entrar en combate ni enfrentarme a mil peligros ni a terribles enfermedades, lo único que temo es estar lejos de ti mucho tiempo –sólo Dios sabe cuánto durará esta guerra– y no poder estrecharte entre mis brazos. Todo se me hará más llevadero pensando que a mi regreso podremos estar juntos y realizar todos nuestros sueños.
Te quiere. Tu amado
Mauricio.
La lectura de aquella carta le intrigó profundamente. ¿Quién era aquella misteriosa Sara de la que nunca había oído hablar en su familia, a quién iba dirigida esa romántica carta de despedida? ¿Quién era el tal Mauricio de quien tampoco tenía noticia alguna? y sobre todo ¿qué ocurrió con los dos enamorados?
Tanto le impresionó su descubrimiento que se quedó absorto durante unos minutos contemplando la carta y la foto sin poder dar crédito a sus ojos. De improviso, recordó una historia que había escuchado en su casa siendo niño: una tía lejana de su madre se había arrojado al mar desde un acantilado al recibir la noticia de que su novio había muerto en la guerra. Era muy probable que esos fueran los personajes de la carta. Pero ¿cómo y cuándo había llegado al interior del catalejo? Sorprendido por el hallazgo no se fijó en un libro lleno de polvo que hasta ahora no conocía. Lo abrió con curiosidad y comenzó a leer lo que parecía un libro de viajes. El protagonista era un marinero que, al parecer, recorrió el mundo en busca de aventuras. Se sentó en una hamaca junto a la ventana y se enfrascó en su lectura. Recorrió los lugares más misteriosos que nunca hubiera imaginado junto a él: la selva del Amazonas, ríos inmensos e inhóspitas y lejanas tierras. En una de sus visitas a tierra firme, se introdujo en la ciudad y fue recorriendo sus calles con afán como si fuera en busca de algo o de alguien. Llegó a una casa solariega cuya puerta encontró abierta, llamó a sus dueños, pero no escuchó respuesta alguna. Recorrió el salón, subió al primer piso, al no ver a nadie se dirigió a la buhardilla, abrió la puerta y descubrió a un muchacho sentado en una hamaca que leía con gran interés un libro.
—¡Nunca debiste leer esa carta, canalla!
Al escuchar su voz se giró hacia él y con un gesto de horror en su rostro balbució:
—¡Mauricio!
Fueron sus últimas palabras antes de caer desvanecido . Al día siguiente unos vecinos encontraron el cadáver, tenía un libro en las manos, los ojos abiertos y una extraña mueca de pánico en su pálida cara.



Autor: Ricardo Fernández Moyano


1 comentario:

Mery Larrinua dijo...

wow magnifico relato!!!!
un abrazo

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