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domingo, 29 de noviembre de 2009

LUNES





Siempre me cuesta escribirte en lunes. El fin de semana es una nítida barrera entre mi vida real y tú. Un bálsamo contra ti.
Enormes dosis de cariño en casa, compartir, risas, los niños, él: un equilibrio perfecto.
Así que vencida por los remordimientos y con mi lado más frío, desearía cada lunes, semana tras semana, salir de todo esto y decir eso de "que te vaya bonito".
A veces también pienso en cuanta parte de vanidad y cuanta de amor verdadero hay en estas cosas y sonrío, sobretodo cuando pintarlo de vanidad es mucho más sencillo que admitir que se sigue queriendo.
Tú no eres alguien sin más, alguien que tambalea mi matrimonio porque sí. No. Eres tú. Ése es el problema.
Perderte fue una de las cosas más duras que he vivido. Aprender a vivir mi vida, sin ti, me costó infinito.
Hace muchísimos años supe que os quería a los dos. "Eso no es posible", dijo alguna gente, "siempre se quiere a alguien más".
:-) ¡Qué sabrán ellos!, querer, amar, sentir, perder, amar, sufrir, luchar, amar, sufrir, encontrar, amar, ganar, perder, sufrir... amar.

¿Qué fuimos nosotros?¿Qué somos ahora?¿un error, un jodido error?¿antes o ahora?¿odiar o querer?¿ganar o perder?¿querer ahora?

Duele. Sigue doliendo todo contigo. Duele la afrenta y esta letra escarlata sobre casi la misma cicatriz.
Duele mientras acepto a duras penas todavía cuanto te quiero.
Duele cuando ya nada era posible, duele porque estábamos a prueba de todo y de todos, duele porque todo ha encajado de nuevo. Duele a mis años, y con esta vida ganada a pulso, sentir que nada es mejor que escuchar un te quiero entre tus brazos.
¿Qué es todo esto?
¿Tanta fuerza tenía aquello?
Si no supimos vivir odiándonos, ¿cómo vamos a vivir ahora con todo ésto?.

Escrito por Fiona, un lunes cualquiera.


Autora: Fiona




domingo, 22 de noviembre de 2009

A LAS OCHO DE LA MAÑANA


A las ocho de la mañana aparece empujando la puerta de cristal. - Sé que dará doce pasos antes de entrar en su despacho sin mirarme – Todos los días igual, como si una oleada de colonia Puig me bañara. Igual que en el anuncio de la tele. Todo sucede espontáneamente, yo me arrimo más al ordenador, el boli cae en medio de mis piernas, aprieto las rodillas y las convulsiones empiezan. El boli sube y baja, las rodillas se golpetean contra la varilla horizontal del escritorio, las nalgas se aprietan, alcanzan su velocidad máxima. Inclino la cabeza, las manos debajo de la mesa cumplen su cometido.




Autora; Estels




domingo, 8 de noviembre de 2009

QUERIDA IRENE





No sé por qué escribo estas palabras, no lo sé; tal vez para descargarme de una culpa que no admito, o tal vez para hacerme recordar que fue real, que no fue el sueño tantas veces deseado pero siempre incumplido.

Lo de ayer ya sé que nunca se volverá a repetir.

- “Lo que hicimos fue una locura, una temeridad; me caso dentro de una semana. Por favor, que nunca se entere de esto Joaquín”- me dijiste tú, Irene, cerrando la puerta cuando marché. Por mí nunca lo sabrá; él también es mi mejor amigo, los dos lo sois.

¿Locura, Irene? ¿Acaso es locura este torpe temblor de mis manos al escribir estas palabras? ¿Es locura habernos amado brutal y tiernamente por vez primera? ¿Es locura quererte, lo es acaso decírtelo después de tener oculto este sentimiento tanto tiempo? ¿Es locura sentir tus manos en mi sexo, lo es sentir las mías recorriendo ardorosamente tu hermoso cuerpo? ¿Qué clase de locura son los apasionados besos que nos dimos? ¿Y es locura sentir lo que sentimos?

Que no teníamos que haberlo hecho, ya lo sé, pero pasó, y no me arrepiento, ni me pienso arrepentir jamás. Puede ser que hubiésemos bebido más de la cuenta, puede ser que de otra forma nunca hubiera sucedido nada; quizás nunca me hubiera atrevido a decirte lo que realmente sentía por ti, Irene, después de tanto tiempo de amistad.

Durante la cena en aquel restaurante todo fueron risas “antes de casarme tengo que hacer algo irreverente”, y más risas, “calla, que te vas a arrepentir”, y no dejábamos de reír. Luego regresamos caminando y no sé cuántas tonterías nos dijimos hasta llegar a tu apartamento. Cuando te iba a despedir me dijiste, sube un rato, y yo subí.

No sé cómo nos miramos; no sé de qué manera, tontamente, te besé; no sé por qué no me rechazaste, y aquello fue la perdición. Entre mirada y mirada, una caricia, y luego dos, más tarde tres... Te desabroché el vestido, y tú a mi el pantalón, y a la vez que la ropa perdimos la conciencia, la razón y hasta el por qué; y mis manos en tus pechos, y las tuyas en mi piel. Tu cuerpo y el mío ¡desnudos! como nunca lo hubiera imaginado, y sin embargo, tantas veces lo soñé. Nuestros sexos frente a frente, cómo buscaron esa noche el placer.

Dentro de seis días iré a tu boda y nuevamente cruzaremos las miradas, y mis ojos serán dos trozos de cristal; te daré un par de besos, que no serán los de ayer, y un mar de frías lágrimas se deslizará por mis venas, y mis manos en tus manos, qué distintas las de ayer.

Estudiando en la universidad nos conocimos los tres; yo entonces no te amaba, pero el roce de los años algo hizo cambiar en mí. Nunca te lo dije, por supuesto, para entonces tú ya amabas a Joaquín, yo solamente era la sombra de los dos, siempre presente, pero eso... siempre en la sombra.

Aún me resuenan las palabras que ayer me dirigió antes de marcharnos a cenar sin él:
“No bebáis mucho que el alcohol es muy traicionero. Ah y por favor, cuídamela que dentro de siete días me la llevo al
altar. ¿Me harás ese favor, amiga Sonia? Y que disfrutéis de la despedida de soltera”.





Autor: Emilio Gómez


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