
Nuestra relación duró diez años, fue una relación tranquila, tu familia no me aceptaba, no querían a una chica de la ciudad y encima mayor que tú, querían alguien más cercano, a ser posible del mismo pueblo, al final lo consiguieron.
Habíamos prometido no casarnos nunca, tú rompiste la promesa.
Aún así, después de un corto tiempo de transición, pasamos a ser amigos, me contabas los encuentros con tu novia cada vez que viajabas a tu pueblo, yo había aceptado totalmente la situación, tan sólo una vez, al preguntarte ¿qué tal? y tú contestarme, "sobre ruedas", sentí una pequeña punzada en el corazón, pero enseguida pasó.
Una semana antes de irte a tu pueblo para casarte, fuimos a despedirnos a un pub, estuvimos hablando mucho tiempo, y de pronto te echaste a llorar, yo, asombrada y preocupada te dije, por favor, no llores, y para quitarle hierro al asunto continué, van a pensar que te estoy maltratando, dirán ¿qué le estará diciendo al pobre?, en todo caso, la que debería llorar sería yo, tú eres el que vas a casarte.
Seguro que las dos o tres parejas que había en ese momento imaginaron cualquier cosa menos lo que era en realidad. Nunca se pueden sacar conclusiones ni juzgar un hecho aparentemente obvio.
Todos estos años, y son muchos ya, hemos seguido haciéndonos confidencias, contándonos nuestras penas y nuestras alegrías.
Nuestra amistad todavía perdura. Eres mi amigo del alma.
Autora: Luna Domingo