
Autor: Gabriel del Molino


No me molestaba que me apretara las muñecas con el empeño de un grumete novato ni que me colgara de los pezones pinzas cada vez más pesadas y rígidas, ni siquiera que anudara a mis tobillos unas gastadas cuerdas de liza que ya no valían ni para empaquetar bultos inservibles. Lo verdaderamente insoportable era que, tras vendarme los ojos y forzar en mi torso un gesto de absoluto abandono, no saliera de su boca la más tímida imprecación o el más comedido insulto: su silencio era todo lo que me regalaba, un silencio que llegaba a mis oídos como el más violento de los desprecios. Eso era lo que más me dolía, su ausencia de verbo, sobre todo al pensar que me había conquistado con versos como este: “el dolor de tu gesto se eterniza en mi boca como el aliento perdido de millones de noches”. Por eso tampoco me permití jamás el menor quejido ni el más leve gesto de sufrimiento: a la brutalidad de su silencio solo quedaba oponer la ferocidad de mi indiferencia, la evidencia de la ineptitud de sus actos. Yo también sé alcanzar los límites de impudicia.
Autor: Carlos Manzano
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Viernes 18 de mayo a las 21:30 horas
Interferencias bar. C/Benavente, 11- de Zaragoza.
Como siempre presentarán Berbi y Jaloza. En esta sesión contaremos con la colaboración del rapsoda Luis Trébol
Participantes por orden alfabético:
Pilar Aguarón
Olga Bernad
Anabel Consejo
José María Morales Berbegal
Erick Strand


Ni siquiera tu verdadero nombre. No quiero saberlo. Prefiero improvisarlo cada vez que mi piel te invoque. Conocer de ti lo que me hace vibrar es lo único que necesito saber.
Revivir la imagen de tu cuerpo desnudo exigiéndome los gemidos de pasión que pago gustosa sabiendo que tus manos van a encontrarme en cada poro, en cada curva y pliegue. Estallar una y mil veces en ti, por ti, para ti, contigo.
Recordar el color de tus ojos que son mi cielo cuando me cubres; tu voz que electriza el vello de mi cuello; tu lengua exquisita que se lleva lo mejor de mí; tus pies que no se extravían en el camino del deseo.
Imaginar tus nombres en las noches solitarias, cuando los libros ya no acompañan y la almohada cambia de textura con tu aliento mágico, cuando desde la distancia de las nubes me posees.
Te contaré los dientes, las pestañas y los cabellos, esos serán los únicos números que guardaré de ti, los únicos datos que apuntaré en mi agenda al lado de la dirección de tu nuca. Tanto da que seas poeta o barrendero, militar o mecánico, eres un hombre.
Nada más quiero saber de ti.
Y al irte, no hagas ruido ni cierres la ventana, deja que, en la duermevela, la brisa me obligue a encontrar tu calor impregnado aún en las sábanas de mi lecho.
Autora: Anabel Consejo